Opinión: Perspectiva de equidad
Representantes de tres sectores ideológicos ofrecen sus puntos de vista sobre el debate relacionado con la educación con perspectiva de género.
Por Armando Valdés @armandovaldes
Comienzo delatando mi visión —muy parcializada de paso— sobre este tema: creo firmemente que todos los seres humanos, seamos hombres o mujeres, heterosexuales, homosexuales, lesbianas, bisexuales o transgénero, somos iguales. No solo iguales ante la ley, sino que además estoy razonablemente seguro que lo somos ante la naturaleza y ante cualquiera de las deidades que pueda una persona adorar en su fuero interior.
Pero, por supuesto, es particularmente ante el ordenamiento jurídico y ante una sociedad democrática, que debemos asegurar la erradicación de toda distinción, actitud y costumbre que propenda a valorizar de formas distintas a personas que únicamente se diferencian por razón de su género u orientación sexual.
Las importantes reformas que propone este gobierno no pretenden imponerle al país una perspectiva de género; ya dicha construcción social nos ha sido impuesto por siglos de acondicionamiento y de represión del derecho de las mujeres a expresarse, a votar, a obrar en ciertas faenas profesionales, a recibir paga equitativa a la de un hombre y a realizarse plenamente en igualdad de condiciones. No fue hasta 1932 que en nuestro país se le extendió el sufragio a la mujer, lo cual significa que habrá todavía hoy personas vivas que recuerden elecciones en las que papá era el único que salía del hogar para depositar su voluntad en una urna.
Es por ello que no podemos aceptar que los conceptos de masculinidad y feminidad sean fenómenos naturales o realidades inamovibles. La historia y la agencia humana son los artífices de estos acercamientos “tradicionales” o “normales” de lo que es un hombre y de lo que es una mujer. Las consecuencias más inocuas de esta invención dirigen a las niñas a preferir el rosa y las muñecas, y a los niños a gustarles el azul y los deportes. Las más perversas plantean la subyugación de la esposa ante su marido, la impropiedad de ciertas profesiones para una mujer y provocan la violencia machista.
Lo que le impondría al currículo de las escuelas públicas, la propuesta de la administración García Padilla, es una perspectiva de equidad. Desde estos centros docentes, podemos formar una generación más justa, pacífica y productiva. Lo lograremos en la medida en que entendamos que las diferencias no son razones para sentirnos superiores o inferiores, ni son cualidades a disfrazarse, fomentando así la incomprensión.
Hay niños que quieren ser bailarines y cantantes como también hay niñas que quieren ser deportistas e ingenieras. Hay niños homosexuales como también niñas lesbianas. Gozan ellos y ellas del mismo derecho a ser quienes quieran ser, y a que se les respete en su dignidad humana. La violencia contra la mujer y contra la comunidad LGBTT, y muchas otras consecuencias del discrimen en nuestro país, solo se superarán en la medida en que les enseñemos a los jóvenes a apreciar la diversidad, no a enfrentarla con antagonismo.
Al igual que con diversas campañas dirigidas a estos fines en EE. UU. y Europa, el éxito dependerá de que estos valores permeen diversas otras áreas del currículo, del aparato público y de la sociedad en general. No es solo ofrecer un curso de civismo, ética o sexualidad. Las clases de ciencias, de matemáticas y de educación física deben revaluarse a la luz de esta nueva política pública, para asegurar que las niñas tengan igualdad de oportunidades para desarrollarse en estos campos.
En fin, la tarea no es nada menos que la construcción de una nueva visión en nuestro país, para sustituir la que prevalece hoy —anacrónica y artificial— que le dé rienda suelta al potencial de cada persona.
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