Opinión: La belleza... cuesta y duele
Yo no sé cuánto cuesta ser lindo, pero debe ser mucho.
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Yo no sé cuánto cuesta ser lindo, pero debe ser mucho.
Hay mucha gente que nace linda y no invierte mucho. Hay mucha gente que no nació linda y no invierte nada y también está la gente linda que gasta mucho para verse más linda.
Y hablo de lindura física, de la muy subjetiva, no de la lindura interior y espiritual que uno descubre al conocer a una persona y que, de verdad, tiene más valor que la otra, solo que no salta a la vista ni gana concursos de Donald Trump. Para la belleza física todos tenemos un ideal distinto, pero poco o mucho todos terminamos en el beauty.
En el mundo de las mujeres esta belleza puede ser más cruel de alcanzar y absolutamente más costosa. Parece que no nos fue suficiente con las injusticias fisiológicas que nos impuso la Madre Naturaleza, de los dolores mensuales, los de parto, lo de la menopausia. Voluntariamente accedimos a otros tantos.
Las nenas, desde que somos chiquitas, desarrollamos una característica inconformidad, por ejemplo, con nuestro pelo. Las de pelo lacio lo quieren rizo, y las que lo tienen rizo, lo quieren lacio. Las que lo tienen negro lo quieren rubio, y las que lo tienen rubio lo quieren negro. Es así.
Y todos esos procesitos para, según nosotros, vernos más lindas, toman tiempo y duelen. Un día en el beauty pintándote el pelo, haciéndote highlights y recortándote puede tomarte fácilmente cinco horas y unos cuantos billetes largos. Sin contar la peste que aguantamos con el tinte, los halones de pelo que cogemos para los highlights y la humillación de tener la cabeza con un gorro tipo Gazoo o llena de papel de aluminio, como si fueras protagonista de Back to the Future.
Lo más cómico es cuando estás en medio del proceso y te das cuenta de que tienes que ir un momento al carro. Me ha pasado y lo he enfrentado con gallardía. Salgo en bata, con los pelos paraos y las cejas con tinte, pero sonriendo y saludando a quien sea que me encuentre, aunque sea un extraño. Después de todo, con lo que estoy pagando más vale que no me dé vergüenza. Una de dos: o eres orgullosa, o masoquista.
Y si encima, como decimos las mujeres, “nos hacemos las manos y los pies”, como si Dios no se hubiera encargado de ello; cogemos la peste de los químicos para las uñas de las manos, y los raspazos y cosquillas de que te breguen con los pies. Y después de todo ese trabajo, una mujer no quiere irse de ahí con las cejas pelúas y vellos inoportunos en demás partes del cuerpo. Así que accedemos a que nos arranquen todo, todo, con láser, con cera, con pinzas… con lo que sea, ¡pero fuera!
Ni hablar de los faciales. Dizque para tener piel más bonita te tienen que apretar toda la cara una vez al mes. He visto más estrellas durante un facial que en cualquiera de los planetarios que he visitado en el mundo. Sí, bella…, aunque veas estrellas.
Pero la mejor parte para mí es cuando llego a mi casa. Entre el tiempo y el dinero invertido, como dicen en mi campo, uno se “jalla bello” y diferente. Bueno, la belleza es tan relativa que a veces mi esposo se ha dado cuenta de que estoy rubia cuando me empiezan a salir las raíces. Yo tengo un vellón pegao con eso. Pienso que para que él note los cambios tendría prácticamente que ponerme bigote verde. Eso sí. Nunca me ha dicho, “¿tú no ibas al beauty?”. Hasta ahí llegamos.
Una vez tuve un novio que se puso gracioso e intentó calcular cuánto le representaría económicamente vivir conmigo si yo no tuviera trabajo. Calculó únicamente el renglón de la belleza, sin saber que es más barato llevarme al beauty que llevarme a comer. Le salió en varios cientos mensuales y me preguntó si podíamos transar por la manicura y la pedicura. De entrada le dije que no. Hoy vive en mi recuerdo. Grato recuerdo, pero recuerdo al fin.
Estoy convencida. El dinero que gastamos a lo largo de nuestras vidas en retar nuestra naturaleza, la edad y la genética puede ser el equivalente a una cuenta de retiro que nos dé para vivir en Europa cómodamente y sin seguro social como hasta los 100.
La belleza cuesta. Cuesta y duele.
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