Opinión: Seducida por Miss Universo
Hay que ver los concursos de belleza. No porque sean eventos que cambien el rumbo de la humanidad, ni porque representen lo mejor de la raza humana, sino para…
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Hay que ver los concursos de belleza. No porque sean eventos que cambien el rumbo de la humanidad, ni porque representen lo mejor de la raza humana, sino para reír, simplemente para reír.
Respeto a todos los que critican la celebración de estos concursos, porque algunas de sus críticas son válidas. Argumentan que es una burda comercialización de la mujer, que reconoce y exalta lo vano y que reduce a la mujer a la belleza y al bikini. Bueno, tienen un punto. Lo que pasa es que ese análisis parte de la premisa de que todo en la vida es serio y edificante. Y la vida no es siempre así.
A mí me encantan los concursos de belleza porque parto de la premisa de la diversión y el entretenimiento. Me gusta ver esos concursos por la misma razón que los reality shows son el fenómeno taquillero del siglo. A todos nos seduce vivir la vida de los demás, lo aceptemos o no. Pero claro, si sintonizas el concurso con mentalidad de National Geographic o de Discovery Channel, pues naturalmente terminas decepcionado. El error está en la mente nuestra, en el crisol con el que lo vemos.
Alguien me dijo el otro día que la pregunta fundamental que había que hacerse con estos concursos es si aportan algo a nuestra sociedad. ¡Pues yo creo que sí! Mira, a Donald Trump lo sacó de la quiebra artificial de uno de sus mil negocios. Sí, porque por alguna razón cada vez que veo el apellido Trump no veo una quiebra en mi cabeza, ni una comunidad especial, ni un Yaris. A cada ganadora le ganó un sueño, con el sudor de su frente y el hambre de su estómago. Y a televidentes como a mí nos entretuvo en el más vano de los casos o los inspiró en el más milagroso de ellos.
Es que somos gente rara. Nos jode la comercialización de los concursos de belleza, pero hacemos una fila de cuatro horas cuando abre un Victoria’s Secret. Nos jode que fomenten la ilusión de lo que puede ser y nunca llega, pero jugamos Loto todas las semanas.
Culturalmente hablando, como caribeños y latinos, tenemos fijación en los concursos. Eso de la rivalidad entre las venezolanas y puertorriqueñas no es culpa ni de Chávez ni de Maduro. ¡Es culpa de Ana Santisteban! Nos puso a competir por coronas y estamos furiosos porque nos llevan dos de ventaja.
Encima desde chiquita uno crece con eso. Tenía como 7 años cuando un vecino le dijo a mi papá en el colmado: “Ahí tienes una Miss Universo”. ¿Qué, quééé? Yo miraba a izquierda y derecha buscando de quién hablaba. El pobre se refería a mí. ¡¡¡Ja!!! Jamás se imaginó que una década más tarde iba a estar sufriendo de sobrepeso, iba a estar más enamorá que el ñu y que la paz mundial no estaba en mis ilusiones porque habían movilizado a mi novio de entonces con el primer petardo en Kuwait.
Me gustan las competencias preliminares, porque nadie las pega. Me gustan las antesalas, porque siempre la local es la mejor, aunque no sepa hablar. Me gusta el concurso, porque nunca me sé el nombre del anfitrión y porque nunca entenderé cómo es que siguen bailando y sonriendo, aunque su nombre jamás se mencione.
¿En serio? No es que uno sea mala perdedora, pero yo después de haberme privado de tanta comida y sueño si no salgo en las primeras 15 salgo corriendo como loca desesperada, me meto tres pizzas supremas y duermo una semana. Y que mi espacio en tarima lo sustituya un extra… de Puerto Rico, de Japón, de donde sea. Yo, comiendo.
En este último concurso, como fue en Miami, fantaseaba con que apareciera Pitbull trepao en un andamio cantando “Mi escuelita”, en vista de que el 305 ha prostituido todas mis canciones favoritas.
Y en las contestaciones. Me pareció genial que por primera vez en años apareciera alguien añorando la paz mundial, ese cliché que sin querer hemos convertido en ícono de la moronería cuando la deberíamos aspirar en serio. Esa pregunta final no significa nada. ¡Por eso ganó Dayanara!
Todavía estoy buscando las pirámides que tiene Puerto Rico, según su respuesta final en 1993. Su respuesta a lo que quería lograr si se convertía en reina: “Tendríamos que usar nuestro pasado para trabajar bien fuerte en nuestro presente para tener un mejor futuro y un mejor mundo”. Yeap. Y ganó. Y se casó con Marc Anthony. Primera corona mejor que la segunda.
Estos concursos sirven para reír y, cuando menos, para despertar al menos instantánea y artificialmente el orgullo de los pueblos. No sirven para curar el cáncer. No sirven para bajar el desempleo. Pero no espere eso. Sea realista. ¡¡¡Ría!!!
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