Opinión: De camping en la farmacia

Esta columna me va a traer problemas, sobre todo con mi hermana, que por años ha intentado explicarme por qué ocurre esto sin que yo haya podido aún entenderlo.

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

11 nov 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

Esta columna me va a traer problemas, sobre todo con mi hermana, que por años ha intentado explicarme por qué ocurre esto sin que yo haya podido aún entenderlo.

A mí me encanta ir a la farmacia. Es el lugar favorito para ir a comprar cosas necesarias para resolver al instante sin mucha fila y sin mucho estrés y también es el lugar favorito para comprar cosas inútiles que uno termina metiendo en gavetas que nunca abre. El truco es vendértelo chiquito para que uno piense que es barato y que no le hace mucho daño al bolsillo comprarlo.

Pero la farmacia puede ser un gran dolor de cabeza cuando uno va para lo que las hicieron: a adquirir medicamentos. Es decir, todo bien con la farmacia, pero todo mal con el recetario.

Cada vez que mi médico me da una receta, se me sale un suspiro. Sé que es para mi bien, pero también sé que me quedan como cuatro horas para el inicio de mi bien. Debería haber una norma básica en los recetarios. Uno no va al recetario porque está saludable. Uno va al recetario porque está bien EN-FER-MO.

Entonces, uno llega al recetario, convenientemente localizado en la parte escondida más escondida y más atrás de la farmacia, hace la filita, deja la orden médica y con una amplia sonrisa te dicen: “En dos horas está lista”.  “¿En DOS horas?”. Pero, Santo Dios, no necesito agua bendita de Roma. ¡Necesito antibióticos!

¿Qué hace uno por dos horas? ¿Caminar a paso de tortuga por todas las góndolas de la farmacia llenando el carrito de lo necesario y de lo inútil? ¿Llevarte la computadora y alquilar una peliculita de las que ahora también te alquilan en la farmacia? ¿Sentarse en las sillas incómodas que ponen en los recetarios por dos horas?  No sé si han notado, eso sí, la cortesía. Pero justo al lado de esas sillitas hay unos libros de autoayuda a la venta. Pero qué cará, si ya estás sentado por dos horas, lo puedes leer gratis. Tiempo te va a dar.

Aún recuerdo el día que me sacaron los cuatro cordales y tuve que esperar por los medicamentos.  Ese día no me dio un ataque de violencia porque aún estaba medio sedada. Pero yo iba sintiendo cómo se me iba el efecto del sedante.  El dolor de que te saquen cuatro cordales sin tener los medicamentos a la mano es como tener un elefante pateándote la cara. Nunca me han pateado la cara. Pero tiene que ser lo mismo.

Uno se sienta a esperar los medicamentos y piensa por qué pasa esto. Con dos pacientes esperando o con diez siempre son dos horas. ¿Qué pasa cuando uno entrega la receta? ¿La entran en el sistema y le preguntan al plan médico, a Dios, al gobernador y a Obama si te la pueden dar? Porque eso sí debe tardar. He sabido suplicarle al farmacéutico que me adelante UN medicamento, tan solo UNO, para ir aliviando mi situación en momentos determinados. Solo una vez, en una farmacia pequeña, me dieron la cortesía.

¿Y qué me dicen de los auto-expresos de las farmacias? En el proceso de estar en la fila del autoexpreso gastas medio tanque entregando la receta. Te dicen que regreses en dos horas y, al regresar, adolorido y médicamente a veces incapaz hasta de guiar, gastas el otro medio tanque  de gasolina esperando que la despachen.

Esto pasa, generalmente, en las farmacias grandes, de esas que ya parecen sucursales de Kmart. Las farmacias pequeñas, por lo general, son más rápidas y más consideradas, pero tienen otros problemas con los que tienen que bregar.  Les falta estacionamiento  o les falta dar más alternativas al cliente. Reconozco que sus retos, precisamente por ser pequeños, son mucho mayores, y por eso me inclino a respaldarlos. Pero no puedo entender por qué van en aumento las farmacias que no aceptan planes médicos y las que tampoco aceptan otro método de pago que no sea efectivo. No digan que no. Lo he vivido en persona.

Y, entonces, uno, en medio a veces de la desesperación que representa estar quebrantado de salud, tiene que meterse en la gran farmacia en la que te van a hacer esperar dos horas y te van a espetar con artículos innecesarios, pero en la que te van a aceptar el plan médico —con previa autorización de Dios, del gobernador y de Obama— y vas a poder pagar con tarjeta bancaria —también con previa autorización de Dios, del gobernador y de Obama—. Es una especie día de camping.

Pueden explicar todo lo que quieran, pero dos horas de espera no es tiempo razonable. Ni pa un vivo ni pa un muerto.