Opinión: Pedidor de semáforos

Desde que tengo uso de razón hay gente pidiendo dinero en los semáforos, y es una de las pocas escenas cotidianas que aún me trastornan la existencia y me…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

30 sept 2014, 11:00 pm 4 min de lectura
Opinión: Pedidor de semáforos

Desde que tengo uso de razón hay gente pidiendo dinero en los semáforos, y es una de las pocas escenas cotidianas que aún me trastornan la existencia y me dejan mal por el resto del día.

Cuando era chiquita, tenía esta idea de que los pedidores estaban del cará, que eran unos vagos empedernidos y, encima, desconsiderados, pues les pedían dinero a mi padre o a mi madre que se fajaban trabajando para entonces vivir ellos más fácil. Pero esa idea venía de que escuchaba a muchos decirles: “Ponte a trabajar”, con lo que presumía que todo en ese individuo estaba bien y en condiciones óptimas, pero que era vago. Esa idea daba al traste con el rostro del pedidor, usualmente triste, sucio y apesadumbrado.

Dentro de mi ignorancia me decía: “Caramba, si no trabaja, por lo menos puede bañarse”. Ignorante de cinco años al fin, me hacía mil historias en la cabeza.

A medida que fui creciendo fui despertando a la realidad de que esta gente, además de pedidores, son enfermos. Y son muchos, muchísimos, demasiados.

Yo casi siempre que tengo les doy. Pero como un asunto casi instintivo, cuando me acerco a uno, me aseguro de que tengo el cristal arriba y el seguro puesto. El escenario me provoca desconfianza y temor.

La fama no la inventé yo. Hay muchos que son evidentemente jaibas. Algunos son mal “hablaos”. Y eso es lo que uno ve de primera intención. Pero me temo que todos, sin excepción, son enfermos. Casi ninguno quiere comida. Casi todos necesitan los chavos. Porque son adictos, porque son deambulantes, porque son desempleados, porque están física y emocionalmente enfermos.

Siempre batallé la idea de darles dinero o no. Si les doy, lo usan para droga. Si no les doy, quizás roben para comprarla. Y aún desde el punto de vista cristiano, de misericordia y de compasión, a uno se le tuerce la vista, un poco más de lo que se le tuerce el corazón.

Me pasó hace unos años algo demasiado doloroso. Llegué a una luz en Caguas, en la avenida Degetau, y vi a este hombre todo contorsionado, semidormido, con llagas en las piernas y en las manos, el pelo sucio y la ropa estrujada.

Cuando el diminuto hombre pudo dentro de su condición pararse un poco más derecho, vi en él una cara reconocida. Y cuando me miró, me clavó la mirada en el alma y en el corazón. Era mi primo querido. Estaba en un viaje tan poderoso que no me reconoció. A mí, que siempre que estaba medio bueno y sano me abrazaba y me besaba con respeto, y me preguntaba si tenía novio, que lo quería conocer para decirle dos o tres en caso de “dañar a mi primita”.

La droga, la necesidad de la cura y la mierda en la que los convierte los lleva a pedir en los semáforos. A tener letreros diciendo que son enfermos, a repartirte hojitas de papel diciendo que no son ladrones, que prefieren pedir a robar. Que necesitan dinero para comer, para medicamentos. Y está entonces el embustero que dice que la enferma es la hija y no él, pero ese también es enfermo.

Ver a mi primo en esa condición fue como sentir un puñal en mi corazón, tanto que al escribir estas líneas no puedo evitar que se me salgan las lágrimas. Era mi primo adorado y ni siquiera me reconoció. No le di dinero. Me detuve en la acera y lo llamé por su nombre. Aún así no me reconoció. Le dije que era su prima y me miró curioso, pero tan endrogado y tan enfermo que no había recuerdo posible. Le ofrecí llevarlo a la casa y me dijo que no, que si le daba dinero era suficiente.

Un tipo especial, de un corazón fuera de serie, orgulloso de su familia, cariñoso, desvivido por los suyos. Le tocó a él caer en el vicio, en la mierda y en el dolor. A pesar de la gran familia que tiene, con defectos y virtudes como todas, se “perdió”. Y ahora cada vez que veo a alguien pidiendo no solo veo a un hijo de Dios, a un semejante, veo a mi primo. Y se me arruga el alma. A veces tengo para dar y a veces no, pero esa mirada de nene bueno pero desesperado nunca la voy a olvidar.

Ya no está en Puerto Rico y ya no pide en las luces. Está fuera, tratando de echar pa’lante, con mil marcas en su cuerpo, en su mente y en su corazón.

Cuánta gente habrá pensado que solo era un vago… Cuánta gente le habrá subido el cristal por temor. Cuánta gente le habrá visto solo como un pedidor.