Opinión: Una mujer en el mecaneo

Tener carro es algo tan normal para nosotros como tener pelo. Nos parece supernatural, necesario e indispensable. Y lo es. En una isla que, aunque pequeña…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

16 sept 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

Tener carro es algo tan normal para nosotros como tener pelo. Nos parece supernatural, necesario e indispensable. Y lo es. En una isla que, aunque pequeña, tiene tantas particularidades topográficas, sumándole la planificación al garete, es necesario tener un carro… o dos.

Como soy medio tacaña y encima no suelo apegarme mucho a nada que no sean mis afectos y mi celular, no he tenido muchos carros en mi vida. Los he tenido por necesidad, he hecho poco research antes de comprarlos y me ha convencido el primer vendedor que he visto siempre.

Mi regla básica era que los carros japoneses son mejores y duran más. Dejándome llevar por eso, mis primeros dos fueron así. No sé cómo comparan con otros, pero a ambos les di la pela de la vida. Uno lo tuve 10 años y el otro lleva 12. Con ambos creo que hice un trabajo estupendo en perpetuar el estereotipo de que las mujeres somos pésimas con los carros. Siempre se me pasó el número de millas para los mantenimientos, nunca estaba pendiente de las gomas hasta que se me explotaban o me barría en la autopista, no recuerdo haberlos lavado nunca con mis propias manos y cada vez que me acordaba de pasar por el car wash sentía lástima por el empleado.

El otro día nos preguntaron en grupo cuál era la cita que más temíamos, y todo el mundo dijo que el dentista. Y yo me reí porque a mí mi dentista me cae espectacular y no me maltrata. No le tengo miedo y procuro verlo cada seis meses. Fui la única que dijo: “El mecánico”.

Ir al mecánico me provoca un verdadero dolor de cabeza. Los mecánicos tienen una facilidad para hablar en lenguas, asumir que uno los entiende y hacer parecer un caso de cambio de espares como uno de trasplante de riñón. Lo mejor es cuando te preguntan por teléfono: “¿Qué ruido te hace?”.

Parece uno un loco diciendo: “Ta-ta-ta-ta-ta o tu-tu-tu-tu”, asumiendo que no es la polea porque ese ruido sí que no lo sé hacer.

A los hombres como que les sale más natural. Hay cosas que sí creo que están relacionadas con el género. La mayoría de ellos no sabrían la diferencia, por ejemplo, entre un olor de tinte o de esmalte. Pues yo no sé la diferencia entre el ruido del alternador, o de la polea, o de los frenos, hasta que estoy a punto de estrellarme.

Por eso me empieza a dar estrés cuando la garantía del carro está por vencerse. Eso de cinco años o 50,000 millas es un gancho. Y es cierto, bien cierto. Hay una conexión espantosa entre que el carro esté llegando a los 5 años o a las 50,000 millas, y que empiecen los ruidos a salir. Es más o menos como las dolamas que empiezan a los 50 años. Son las alertas indiscutibles del paso del tiempo. Solo que nosotros venimos sin garantía.

A mi viejita guagua ya le puse hasta apodo. No sé de dónde me salió llamarle “chustri”. La pobre se mantiene en buen estado, a pesar de mi maltrato y de que lleva años con el baúl como almacén de todos mis clippings de reportera, más mis álbumes de bodas (las varias), entre otras cajas.

Hace poco mi esposo compró un carro más moderno, que me ha dejado ya varias veces a pie en medio del expreso porque su grado de sofisticación no conoce de momentos adecuados para fastidiarme la vida. Y este no hace ruidos que avisen. Te deja sin vaselina. El otro día me sorprendió la gente de Metropistas auxiliándome en plena PR-22 y, como no sé nada de eso, le pregunté que cuánto era y el hombre tuvo que aclararme que nada (a mí que nadie me hable mal de las APP).

Cuando llegué al mecánico y diagnosticaron que era la bomba de agua (o la manga, qué sé yo), me dijeron: “Son $1,000 y no aceptamos American Express”, aclaración esa que me impactó, porque estaba pelá  y era precisamente la pregunta de seguimiento que tenía.

Ahora bien, la mejor inversión que he hecho en mi vida es el seguro de servicio en la carretera. Las tres veces que me ha levantado la grúa son el mejor testigo. Tengo miedo de que llegue el fin de año, que me llegue un sobre, que yo lo abra feliz creyendo que es una postal de Santa y que sea una cartita diciéndome que les debo un cheque.

Odio las generalizaciones, pero de esta estoy bastante convencida. La experiencia es amplia e indebatible.

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