Opinión: Ángeles
En el Medievo, se debatía animadamente cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un alfiler. Hoy, en el Puerto Rico moderno, debatimos con igual pasión…
Por Armando Valdés @armandovaldes
En el Medievo, se debatía animadamente cuántos ángeles podrían bailar en la cabeza de un alfiler. Hoy, en el Puerto Rico moderno, debatimos con igual pasión por lo esotérico, el estatus político de la isla.
Las preguntas que nos hacemos, desvinculadas de la realidad política tanto de EE. UU. como de Puerto Rico, solo sirven para entretener a algunos miembros de los medios de comunicación y para enardecer el corazón de los más devotos de un bando ideológico o del otro.
Los anexionistas, por un lado, plantean la posibilidad de una estadidad jíbara, en la que mantengamos nuestra identidad nacional, comité olímpico e idioma, aun cuando acto seguido digan que la anexión es una, que está claramente definida y que de ella hay cincuenta ejemplos para emular. La realidad es que, tal como ha sucedido con la mayor parte de los estados, al aceptar integrantes nuevos a la unión, el Gobierno federal impone condiciones. Más aún, no existe estado alguno en el que la gente no se sienta estadounidense, no envíe a sus mejores atletas a competir con el equipo nacional y no conduzca la operación gubernamental en inglés.
Los llamados soberanistas y el independentismo, por otro lado, aluden al poder de negociación de Puerto Rico a nivel internacional como el principal activo de sus fórmulas políticas y a la continuación de algunas ayudas federales como el amortiguador económico durante la transición de un estatus a otro. Sobre el primer punto, no articulan cómo la isla podría lograr mayor poder de negociación frente a potencias extranjeras fuera de nuestra relación con EE. UU. que dentro de ella. Sobre el segundo, ignoran las realidades económicas de una metrópoli cuyo liderato político es cada vez más fiscalmente conservador.
Estos mismos pensadores de lo enigmático pretenden imponerle al autonomismo sus prácticas de debate. Gritan por la definición de un Estado Libre Asociado desarrollado sin considerar las debilidades de sus propias alternativas. Ignoran, además, la historia de este movimiento y las luchas de Baldorioty, Muñoz Rivera y Muñoz Marín. Desconocen que lo que hemos logrado —con la Carta Autonómica de 1897 y con la Constitución del ELA— no estaba claramente definido desde un principio. Y es que la política siempre ha sido el arte de lo posible, y eso a menudo solo se divisa una vez se ha comenzado a andar.
No hay mayorías en Puerto Rico ni en EE. UU. para encaminar la anexión ni la independencia. Sin embargo, a todos los puertorriqueños nos une, tanto hoy como hace seis décadas, la aspiración por mantener nuestra identidad y la ciudadanía estadounidense, a la vez que logramos mayores poderes para gobernar nuestro destino. Dejemos atrás las discusiones estériles sobre los ángeles y andemos ese camino.


