Opinión: Alitas con arepas

¿Alguna vez le ha dado ganas de comer alitas con arepas? A mí nunca. Es más, casi de seguro si lo dice en voz alta la gente le mirará extraño y pensará, como…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

20 ago 2014, 12:00 am 4 min de lectura
Opinión: Alitas con arepas

¿Alguna vez le ha dado ganas de comer alitas con arepas?
 
A mí nunca. Es más, casi de seguro si lo dice en voz alta la gente le mirará extraño y pensará, como dicen en mi campo, que “eso no pega”. Y tendrían razón. No parece que pega. Pero, para comer lo que uno quiere, no tiene que pegar.
 
El otro día fui a cenar con unos amigos  y, para mi sorpresa, uno de los acompañantes pidió “alitas con arepas”. Resulta que a la mamá de mi amigo no solo no le importaba si pegaba o no. Tenía tanto antojo de ambas cosas que le advirtió a su esposo que pidiera su propio plato porque ella no tenía intenciones de compartir el suyo. Así de grande eran las ganas. Entonces el esposo pidió alitas con arepas… de coco… y el hijo también.
 
“¿Están ustedes claros de que eso no pega?”, le preguntó mi amigo a su familia. “Y que de seguro van a escribir una columna de esto?”, continuó, advirtiendo mi presencia en la mesa.
 
A ninguno le importó. Los tres se rieron y se comieron las alitas con arepas con ganas y alegría de la buena.
 
Uno tiene una imagen de lo que se come y “lo que pega”, pero estoy de acuerdo con que la pirámide alimentaria no puede prevalecer todo el tiempo sobre un antojo. Ya la vida es demasiado estructurada como para comer siempre una sola cosa de cada grupo alimentario.
 
A veces uno come y no pega por gusto y a veces por necesidad.  Cuando era chiquita, un par de veces mami nos dio cosas que no pegaban. Sospecho ahora que porque no había más nada,  y yo le decía: “Ay, mami, eso no pega”. Y ella me respondía: “Pues lo pegas”. Y no tenía más remedio que pegarlo.
 
Y ahora de grande me he encontrado en momentos en que me quiero comer un pastel de plátanos con un huevo y que me miren raro y me digan que “no pega”. ¿Quién dijo que no pega? A mí me pega. Y me lo como sin complejos. Antes me preocupaba que pensaran que era una ridícula, pero una vez mi esposo, que es chef, me dijo que lo principal a la hora de comer es que le tengas ganas. Y sin saberlo me dijo exactamente lo que mi madre: “Pues lo pegas”.
 
Es como con el vino. A veces le decía: “No, chico, voy a comer carne. Tiene que ser tinto. Y él siempre me decía: “Es el vino que quieras. No el que se supone que pega”.
 
 Cuando mi amigo le dijo a la madre que las alitas con las arepas no pegaban, no debe haber sabido que a mí no me interesa que peguen. Yo felizmente me puedo comer unas morcillas y después una pasta penne con camarones y salsa alfredo. ¿Quién dijo que no pega? Que quizás después me dé un tsunami intestinal es otra cosa, pero para mí pega.
 
Claro, uno no puede vivir la vida con ese desorden. A la larga el cuerpo te recordará la pirámide alimentaria y los laboratorios clínicos confirmarán que comiste a lo Vietnam, pero de vez en cuando se vale romper el molde y darse un buen gusto. O no me diga que usted nunca se comió una papita frita con helado de chocolate. Parece una locura, ¡pero por mi madre que eso pega!
 
¿Y qué me dicen de los Chef Boyardee con aguacates? ¡Pegan! ¡Juro que pegan! A mí todas estas cosas me empezaron a pegar cuando me fui a la universidad y me hospedaba. ¿De qué valía soñar entre clases con  arroz, habichuelas, pollito y ensalada si cuando llegabas a la nevera quizás alguien ya te había comido el pollito? Varias veces terminé comiendo arroz, tomate y guineos. “¡Pega lo que haya!”, una máxima de universitario hospedado. Y no me morí.
 
Una vez, como parte del trabajo, tuve que viajar a Israel. Y llegué a Jerusalén en medio del sabbath, el periodo justo antes del atardecer del viernes que para los judíos señala el comienzo de la jornada de descanso. Surprise! Casi todo cerrado. Terminé comiendo un hígado de pato en el único restaurante que vi abierto y por poco me muero esa noche. Aquello no pegaba con nada. En el hotel pregunté por el room service y me dijeron que me olvidara. Sa-bbath, nena, sabbath. Y recordé entonces que en mi maleta tenía unas cajitas de Cheerios, que terminé comiéndome solo con Coca Cola y sin nada con qué “pegar”.
 
Esa noche unas alitas con arepas habrían sido caviar.