Opinión: La tragedia de un cómico deprimido
Hoy estamos todos hablando de depresión. Y me gusta que hablemos de eso no por morbo, sino porque es necesario que destapemos un poco el misterio de esta…
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Hoy estamos todos hablando de depresión. Y me gusta que hablemos de eso no por morbo, sino porque es necesario que destapemos un poco el misterio de esta terrible enfermedad.
El lunes por la noche nos sorprendió a todos la noticia de la muerte del actor Robin Williams. Todas las alertas noticiosas indicaban que lo habían encontrado muerto en su residencia. Yo de inmediato pensé: “Un ataque al corazón, de seguro”. Pienso que cuando rompió la noticia mundialmente pocos sospecharon que el gran actor Robin Williams se había suicidado. Mucho menos que se había ahorcado. Es más, sospecho que nadie imaginó que el hombre atravesaba por una depresión severa.
Después de todo, la magia de la televisión, la magia de Hollywood, nos proyectó a Williams como un actor carismático y feliz, que había tocado el corazón de millones de personas con sus caracterizaciones. De todas las que protagonizó mi favorita fue Dead Poets’ Society. Amé su papel de profesor rebelde, de profesor amado, de profesor medio extraño, amante de la libertad y alejado de los prejuicios.
Fue con él que el carpe diem me hizo sentido. No era solo aprovechar el momento, era aprovecharlo con sentido, para hacer de tu vida un acontecimiento extraordinario, como les decía en su papel a sus estudiantes de Literatura.
Con ese papel nada más se me hacía imposible pensar que un el actor hubiera estado deprimido. Su rol de gran motivador y de inspirador se nos caía a todos en pedazos. Es la ironía en persona, la tragedia de un cómico deprimido.
Para muchos esta enfermedad es un vacilón. La gente que no lo ha vivido confunde a veces la depresión con changuerías o estupideces de quien la padece. Y la depresión es un asunto serio.
Aquí en Puerto Rico, quizás como en el resto de Latinoamérica, aún existe un prejuicio bien subrayado contra la persona que padece de depresión. Se les cataloga de enfermo mental peyorativamente y de inestables. Poca gente admite que va al psicólogo o al psiquiatra para evitar la burla, la mofa y la desconfianza.
Viví hace unos años fuera de Puerto Rico y me daba mucha curiosidad escuchar a la gente decir todo el tiempo “tengo terapia”. Decían que iban a therapy con una tranquilidad pasmosa, con la misma naturalidad con la que yo decía voy al supermercado. Ninguna de estas personas eran personas locas, inestables o disfuncionales. Eran personas perfectamente capaces que reconocían que había asuntos con los que tenían que bregar por su paz mental, y yo diría que en muchos casos hasta por su bienestar físico. Para mí, la mente, mal cultivada, jode el cuerpo.
Esta manía que tengo de mirar a la gente que no conozco e imaginarme en silencio sus historias de vida, a veces me ha colocado en el papel de pensar que quizás esa persona que tengo de frente está pasando por una depresión, aunque sonría y se vea exacto. Puede pasar. Mucha gente pasa frente a uno con un gran caparazón, a veces engañoso y con aura de felicidad. Por dentro, muchos están pasando por situaciones verdaderamente serias o desestabilizantes. Y muchos se niegan a reconocerlo. O cuando lo reconocen ya están verdaderamente metidos en un callejón sin salida.
Hace unas semanas hablando con mi hermana, una trabajadora de la salud, me comentó que ella le tenía más miedo a la depresión que al cáncer. Y yo pensé que era un poco exagerado lo que me decía. Ahora que lo pienso bien, siento que son dos verdaderas tragedias, cada una en su grado, pero tragedias.
El ser humano se enfrenta cada día a decenas de retos, a competencias feroces, a una jungla de situaciones. Y hay que saber cuándo es necesario buscar ayuda de un experto. Creo que todos pasamos momentos de depresión, que no es lo mismo, creo, que ser depresivo.
La vida es un gran escenario donde cada cual ejecuta su papel y debería, en teoría, hacer de su existencia una extraordinaria. Pero a veces ese escenario se distorsiona, atraviesa tempestades y se nos fastidia el muñequito.
Luego de conocer del suicidio de Robin Williams no quise leer mucho más. Ni siquiera prendí la tele. Dentro de mí no quiero conocer más detalles. Se le aprieta a uno el corazón nada más de saber que hay millones de personas en el mundo atravesando por dilemas emocionales, muchos sin tener la capacidad ni las herramientas para enfrentarlos.
Ojalá podamos hablar más sincera y abiertamente de esta enfermedad que cada vez es más real y está más cerca de todos nosotros. No es necesario ser Robin Williams, que al parecer tenía un importante historial de excesos y adicciones. El deprimido puede estar al lado tuyo en este momento sonriendo.


