Opinión: Para sobrevivir un racionamiento

La última vez que viví un racionamiento en Puerto Rico tendría como 19 años. Lo recuerdo como ahora porque surgió en los primeros meses de mi vida…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

16 jul 2014, 12:00 am 4 min de lectura

La última vez que viví un racionamiento en Puerto Rico tendría como 19 años. Lo recuerdo como ahora porque surgió en los primeros meses de mi vida universitaria y estaba impactando de manera seria mi vida diaria.

Ya no vivía en el fresquito de mi barrio cagüeño, sino que vivía en Santa Rita, la tradicional urbanización que alberga a la mayoría de los estudiantes universitarios de la IUPI. Y ahí sí que no había fresquito ni aire acondicionado, sino una gran cantidad de cemento para una gran cantidad de cuartos con estudiantes ensardinados y pocos baños que compartir.

En estos días uno se levanta con los noticiarios comparando con el año y el día anterior la cantidad de asesinatos acumulados en la isla. Pues para ese entonces uno se levantaba con los noticiarios comparando la cantidad de agua en los embalses con el día anterior.

Era evidente que la sequía se sentía y el racionamiento iba tocando nuestras puertas. Y si hubiera vivido el racionamiento en casa de mis padres, habría sido un quitao, porque, además del sistema de acueductos, nos ayudaba la cisterna y de última literalmente nos íbamos a unas polleras que tenía mi abuelo y nos racionábamos el agüita con dificultad, pero nos daba para lavarnos todo.

Era otro el cuento en el hospedaje de la universidad. El mío era uno de mujeres. Y no es secreto que los hospedajes sobrealbergan gente para ganarse unos chavitos más en contra de todos los reglamentos gubernamentales, pero, más aún, en contra de toda condición humana. Dormíamos cuatro mujeres en un cuarto, en las famosas literas, más la señora a cargo, que dormía sola y cómoda en el suyo. Esto en un apartamento muy pequeño con un solo baño, que cada vez que lo pienso me convenzo más de que era una caja de fósforos. Si abrías la puerta del baño, más valía que no estuvieras sentado en el inodoro porque ibas a terminar la visita con moretones en las rodillas.

Con semejante incomodidad no había nadie que durara diez minutos bañándose, en tiempos normales y sin sequía. Declarado el racionamiento, establecimos normas para el uso del agua, normas que nunca tuve que velar porque cinco minutos me daban y me sobraban. ¡Si aún secándome terminaba ensopá por el sudor!

En esa época, un poco por el racionamiento y otro poco porque mi cuerpo no estaba acostumbrado al calor de San Juan, me salieron paños. Yo, jincha fantasmagórica, con paños. Fatal.

En la universidad cerraban los baños a ciertas horas, como si uno pudiera elegir cuándo le daban ganas.  Yo, que nunca he sido buena en matemáticas, en medio de un examen final departamental, en racionamiento. Andaba con Peptobismol y con chubs nada más que como medida preventiva. Una vez fui al baño con una amiga mía de Lares y cuando ella vio que yo tenía chubs me dio hasta un abrazo. Y tuve que decirle con tristeza que quedaba solo UN chub.  Nunca me olvidaré de su cara. Era tan mala como yo en matemáticas.

Así que ahora que nos amenaza nuevamente la posibilidad de un racionamiento, y viendo que estoy cero preparada, me remonto a esa época en que tenía mucho menos y sobreviví.

El otro día el jefe de AAA afirmó que no era momento para lavar el carro. Bueno, pues eso, jefe, tampoco es problema para mí. No lo lavo hace unos meses, y todavía teníamos agua. Una cosa sí está sufriendo y es el patio. El pobre está marrón. Si tuviera vaca, estaría en la quilla.

Pero siempre hay un inconsciente loco. Por más que han dicho que la amenaza es real, yo todavía veo gente malgastando agua. Yo creo que a una de mis vecinas no le ha llegado el warning. Por la mañana y por la tarde riega las plantas, bah, la grama. Si usted llega a mi urbanización, con mirar la grama sabrá quién no ha seguido las instrucciones. Solo hay una casa con el frente verdecito.

Parte de nuestro problema es que como somos una isla hemos tomado el agua for granted, como dice el americano. El agua “abunda”; malgástala.

Pues, la realidad es que del mismo modo que somos una isla que importa langostas de Australia, somos una isla sin agua, sin capacidad de separar tecnológicamente el agua de la sal para luego consumir, sin capacidad de velar los salideros y sin capacidad de supervisar que la gente con tarifa básica no te espete una piscina casi en medio del expreso.

Somos botaratas de todo. Bañarnos todos juntos en medio de la Baldorioty podría ser una alternativa. Quizás hasta seríamos hermanos de verdad.