Opinión: Nostalgia

Me levanto en la mañana con el frío que se cuela por las rendijas de la ventana. Los teros cantan a lo lejos anunciando un nuevo día, y yo miro al costado…

Por Natasha Sagardía @NatashaSagardia

27 jun 2014, 12:00 am 3 min de lectura

Me levanto en la mañana con el frío que se cuela por las rendijas de la ventana. Los teros cantan a lo lejos anunciando un nuevo día, y yo miro al costado descubriendo a mi pequeña que ante el primer rayo de sol abre sus ojos. La sonrisa de Poe es mi despertar. Las botas me esperan al pie de la cama, casi como un uniforme que amo, pero que a la vez me cansa. Vestirse en invierno es el desafío entre la comodidad y el resguardo.

Vivir en un país donde el calor invita al eterno uniforme de los shorts y las chancletas hacen de las botas, bufandas y medias un uniforme que solo se consigue en la Isla en alguna tienda con descuento. Al volver a la Argentina, el encuentro con las piezas de ropa de inverno, es una especie de reencuentro con un yo nostálgico.

La nostalgia en forma de resguardo. Un resguardo que se traduce en las canciones de cuna que mi abuela me cantaba, y ahora las escucho dirigidas a mi hija. El resguardo que siento al recordarme envuelta en una manta a las orillas de un río, tomando mates y hablando del campo, del campo pasado y las raíces con la tierra.

Cuando me calzo las botas, usadas en cada viaje que he emprendido al invierno, me siento lista para empezar un día más que cumple su rol nostálgico. Un amigo músico solía decir que desde la nostalgia se llega al corazón. Estoy de acuerdo con él; sin embargo, desde la comodidad que trae el calor y la libertad de las piernas al sol, la nostalgia es aún más bonita, porque se convierte en el lugar que uno imagina desde la distancia.

Estando lejos de mi casa soleada, de calor interminable, de  palmeras infinitas, imagino con nostalgia mi resguardo. El resguardo que envuelve la comodidad de mi hogar. Parece que estuviera contradiciendo lo que digo, pero en realidad no lo hago. El invierno de Argentina y sus ropas me transportan a la nostalgia por el pasado, el pasado que se convierte en presente al ponerme las botas. El calor de mi hogar en la isla bonita me lleva a la comodidad de la libertad que el clima invita a vivir, la libertad que ante la distancia se convierte en añoranza y así en nostalgia.

Para mí vestirse en invierno es un desafío entre la comodidad y el resguardo. La comodidad representada en la poca ropa con la que me levanto, que hace eco con la poca ropa que uso en mi hogar, en esa ligereza que se respira al sol. El resguardo es ese proceso de envolverse, de taparse y prepararse para enfrentar al viento, las heladas, la nieve, un proceso que inmediatamente me devuelve a mi pasado y a una infancia de cuentos de cuna, mantas y mates. Entre la comodidad y el resguardo no me quedo con ninguna en particular; sino con la interminable nostalgia de imaginarme en ambas siempre y para siempre.

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