Opinión: Mi encuentro con Francisco
Necesitaba mirarlo cara a cara para devolverle la confianza a mi corazón por mi madre, la Iglesia.
Por Padre Orlando Lugo Pérez @PadreOLugo
Necesitaba mirarlo cara a cara para devolverle la confianza a mi corazón por mi madre, la Iglesia.
Abrí mis ojos tempranito. Inmediatamente me asomé por la ventana de mi cuarto y lo primero que divisé fue a un guardia suizo saludando con la mano sobre la frente a un monseñor que cruzaba apresurado por la puerta de Santa Ana. Era miércoles en Roma, el día en que a las 10:00 a.m. el papa Francisco celebraría una de sus multitudinarias audiencias generales en la Plaza de San Pedro.
Contrario al sentido común general, decidí sentarme en la parte de atrás de la Plaza de San Pedro. Peleé con una italiana por una silla ubicada a la orilla del camino por donde pasaría el papamóvil. ¡No me equivoqué! A las 9:45 a.m. comencé a escuchar el furor de la gente que, desde tempranas horas de la mañana, buscó el mejor spot para ver y saludar de cerca al “papa de los líos”.
Quería decirle miles de cosas a Francisco, sobre todo que defendiera personalmente a los sacerdotes que injustamente eran acusados por algunos sectores de la prensa como abusadores sexuales. Cuando lo tuve cara a cara, no logré pronunciar una sola palabra… Me quedé helado. El papa jugueteaba con la gente, besaba a los niños y saludaba con cariño a todos. De inmediato pensé: “¡Ese hombre es de Dios!”, y mi corazón se re-ilusionó. Mi amor por la Iglesia creció. Llegué muerto en vida a la audiencia, y el papa, como vicario de Cristo, me llenó del Espíritu Santo.
Su paz, que es la paz del Señor, llenó mi corazón de paz. Su simpatía me sirvió de inspiración para nunca perder la alegría, aun en medio de los fuertes dolores del alma que últimamente vivo en mi terruño borincano. Vi a un hombre maduro y sereno. Como muchos de los sacerdotes puertorriqueños, también él vivió persecuciones, sufrió falsas acusaciones y hasta lloró por las grandes desilusiones que tuvo dentro de la misma Iglesia.
Por eso hoy Francisco entiende mi sufrimiento sacerdotal, así como el sufrimiento de muchos otros hermanos presbíteros.
Recientemente se solidarizó con algunos sacerdotes que fueron falsamente acusados en Roma por abuso sexual y hasta prometió un severo castigo a los que por celotipias se inventaran toqueteos inexistentes. “He visto el dolor de estas heridas injustas, una locura”, expresó valientemente el papa a sus sacerdotes, pues entiende que la ansiada renovación de la Iglesia comienza primero renovando el trato del obispo con sus curas. ¡Larga vida para Francisco!
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