Opinión: Derrotas anexionistas

El proyecto de Pierluisi radicado en el Senado sufrirá el mismo fin que su homólogo en la Cámara federal. Ambos terminarán en el fracaso, y, cuando cierre esta…

Por Armando Valdés @armandovaldes

13 feb 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

El proyecto de Pierluisi radicado en el Senado sufrirá el mismo fin que su homólogo en la Cámara federal. Ambos terminarán en el fracaso, y, cuando cierre esta sesión del actual Congreso en diciembre, los puertorriqueños nos cuestionaremos nuevamente a qué fin enviamos a este señor a Washington.

No habiendo aprendido de su experiencia el cuatrienio pasado con el H. R. 2499, nuestro flamante comisionado residente ha vuelto a poner como barómetro de su gestión, para su propio detrimento político, la aprobación de una medida cuyas probabilidades de éxito son nulas.

Tristemente, al ocupar un puesto de importancia para Puerto Rico, sus fracasos, producto de su obstinación anexionista, no solo laceran sus esperanzas electorales, sino que además dejan desprovisto al país de la gestión eficaz de un líder que tuviera como meta adelantar una agenda, en la capital federal, de desarrollo económico y justicia social. Como dijera Salvador Tió, “lo grave es que soluciones imposibles le cierren el paso a lo posible”.

De ahí que el liderato del PPD debería considerar tomarle la palabra a Pierluisi y su partido y legislar un plebiscito en el que el pueblo vote a favor o en contra de la estadidad. Erradicar de nuestro panorama político el impedimento a nuestro desarrollo que es la insistencia anexionista por un desenlace imposible al debate del estatus sería un servicio invaluable a futuras generaciones.

Dos reparos a esta estrategia han de evaluarse. El primero, y de mayor peso, es si el pueblo debería volver a costear un proceso plebiscitario con la única intención de enviarle un mensaje al asimilismo.

Claro está, ese mensaje podría ahorrarnos mucho tiempo desperdiciado, revelaría la futilidad de cualquier proceso en el que se pretenda cancelar una alternativa de estatus aglutinando a las fuerzas contrarias bajo una misma insignia, y podría acelerar la adopción por todos los sectores de la Asamblea de Estatus como el proceso idóneo para adelantar la discusión de nuestra condición política.

El otro reparo sería el temor, de los opositores de la estadidad, a que la difícil situación que ha enfrentado el Gobierno en sus primeros 14 meses pueda pesar en el resultado plebiscitario. Esta preocupación podemos enfrentarla a los resultados de la consulta de noviembre de 2012. Del total de electores que participaron, solo un 44.4 % favoreció la estadidad. En contraste, en 1998, la estadidad había obtenido un 46.5 % y, en 1993, un 46.3 %. Quiere decir que la oposición a la estadidad ha crecido y de haberse celebrado hace apenas 16 meses un voto estadidad sí o no, el “no” habría obtenido un 55.6 % del voto.

La derrota del inmovilismo anexionista amerita nuestra consideración.