Opinión: Justicia, clase y raza

Muchos celebraron anteayer al escuchar del veredicto en el sonado caso en el que se le imputaba a Pablo Casellas el haber asesinado a su esposa, Carmen…

Por Armando Valdés @armandovaldes

23 ene 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Muchos celebraron anteayer al escuchar del veredicto en el sonado caso en el que se le imputaba a Pablo Casellas el haber asesinado a su esposa, Carmen Paredes. El parecer del ciudadano de a pie era que se había hecho justicia y que los poderosos habían finalmente tenido que pagar por sus transgresiones.

Sin embargo, aunque en este caso en particular se haya logrado una convicción, no puedo aceptar como premisa que este resultado singular haya cambiado la realidad de cómo tratamos a victimarios y víctimas en nuestro país. Todo lo contrario. Si algo, este caso lo que hace es confirmar mis peores sospechas sobre la importancia relativa que le adscribimos a unos seres humanos sobre otros.

En 2012, además de la señora Paredes, fueron asesinadas otras 1,004 personas; en 2013, otras 883. De esas cerca de 2,000 muertes, solo este caso y el del niño Lorenzo del año 2010 consistentemente captan nuestra atención y la de los medios de comunicación. ¿Qué tienen en común estas dos víctimas? Su color, su clase social y su procedencia del área metropolitana de San Juan.

Los seres humanos que fallecen en las batallas por los puntos de drogas, que son negros, que mueren en residenciales y barriadas, o en algún campo lejano, son invisibilizados por los medios y por nuestros propios prejuicios. No tienen quién les llore. No tienen quién les monte vigilias y marchas. No tienen unidades móviles de los noticiarios vespertinos persiguiendo a familiares y sospechosos.

En un país en el que, en un buen año, 4 de cada 10 asesinatos se quedan sin esclarecer, son cientos sino miles de víctimas para quienes nunca se hará justicia. Nuestra apatía hacia esos casos delata una valorización equivocada de la vida humana. El pobre que muere en un residencial “probablemente estaba metido en drogas”, pensamos y, por ende, en alguna parte de nuestro subconsciente racionalizamos que esa persona “se la buscó”, mientras que quienes mueren bajo otras circunstancias “son meros inocentes”.

Tristemente, se nos olvida que la vida de cada uno de nosotros tiene el mismo valor. Que aún aquellos que en efecto trasiegan en narcóticos ilegales son víctimas también de la inequidad y la injusticia. Y que, ciertamente, como cualquier otro ser humano, no merecen pagar con su vida sus crímenes.

Como ciudadanos, debemos exigir el mismo grado de escrutinio, y sí, que se haga justicia para todas las víctimas, pobre y ricas, blancas y negras. Solo al aspirar a ello lograremos acercarnos a una sociedad transformada y más justa.

Te recomendamos estos artículos: Sagardía dice que tragedia Casellas-Paredes se pudo evitar con una “bofetá” Dos se llevan los $2 millones de la Loto Crean memes sobre arresto de Justin Bieber