Opinión: Lección de vida en momentos de dolor

Hoy escribo otra de esas columnas en que no hay chiste.

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 nov 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Hoy escribo otra de esas columnas en que no hay chiste.

Desgraciadamente, nuestra cotidianidad, aunque a veces resulte que podemos darle la vuelta para reírnos de ella y que no nos duela o afecte tanto, la verdad es que en tantas ocasiones es dura, bien dura y bien trágica. A veces, el cinismo, que en cualquier evaluación psicológica sería catalogado de “escudo emocional”, no es ni saludable ni pertinente.

Así que hoy estoy cansada.

Confieso que, para ser una comunicadora, tengo momentos en que elijo qué veo  y si veo. Todos tenemos un nivel de autopreservación que se activa en momentos claves. Y por alguna razón mi sistema ha elegido el shutdown ante las noticias policiacas. No es que prefiera no saber. Es que me afectan. Y siento que socialmente hemos llegado a unos niveles de permisividad que nos llevan a criticar el crimen, pero no a disuadir ni a condenar la conducta delictiva. Es el tipo de hipocresía social que te hace llamar “pillo” a alguien que ves con esposas en la tele, pero que te hace hasta reírte de lo cool que es un amigo que roba sin que lo cojan, porque claro, ese es un pillo light, inofensivo, solo un tramposito.

Olvidamos que un pillo es un pillo, con esposas, sin esposas, preso o en la libre comunidad, ladrón de marca mayor o ladrón de marca menor.

Esa convicción, sumada a que me harté de las noticias de moda sobre las bestias que paren y matan o prostituyen niños, me han causado un repelillo total a las notas policiacas.

Y el domingo, tirada en mi cama y en aislamiento tras haberme unido a las estadísticas de la influenza, tuve que ver noticias policiacas, lo que haría solo bajo la influencia del Tamiflu. Qué carajo. Vi hasta Sábado Gigante. Y me encontré con una noticia impactante. El hermano de la joven embarazada, asesinada en estos días, ahogado en llanto y a la vez cuerdo, diciendo más o menos lo siguiente: “No tengo odio en mi corazón. Tengo profundo agradecimiento por el amor que nos han demostrado. Mi hermanita y mi sobrino sin nacer se los agradece”. ¿Qué quééé?

Mire, mi hermano, yo no sé llorar. Soy hija de doña Rita y me aguanto. Pero ese hombre me hizo llorar.

Soy hermana y soy tía. Y no puedo imaginar ni por un momento una circunstancia en que alguien le haga daño a alguien de mi familia. Nada, cualquier cosa, un pellizco es suficiente para que la sangre me hierva. Reviento de coraje en esas instancias en que creo que alguien ha “abusado” de ellos y no pienso bien. No doy gracias a Dios por ello y siento profundo resentimiento en mi corazón.

Pero ese hombre no. No lo conozco personalmente. Y lo quiero y pienso en él desde que lo vi. Porque sé que hay alguien con un corazón inmenso por ahí, en nuestras calles, esas mismas que no están muy de moda porque andamos con miedo, porque de algún modo hemos entregado nuestra paz y nuestra felicidad al delincuente.

Ese hombre, creo que se llama Uriel, tiene un tipo de corazón que no es muy popular en estos días. Odio decir que no siento que es común la bondad. (Wait! ¿No es común la bondad o no es común la bondad pública?).

Ese hombre no fue bueno ni valioso de la noche a la mañana. Alguien lo ayudó a forjarse como un ser humano noble. Pero no lo conocimos hasta que le mataron a su hermana y al sobrino. ¡Ah! Y los mató su cuñado.

Seguimos perdiendo el tiempo en cumbres y en marchas. Seguimos culpando al que vino antes de lo mal que estamos ahora. Seguimos contando muertos como si fueran salchichas. Seguimos comparando el número de asesinados con el mes anterior, como para convencernos de que el mes pasado fuimos mejor gente.

Estamos perdiendo la sensibilidad. O quizás no la conocimos nunca. El mismo día en que estaban todos pegados a Miss Universe nadie hablaba del tifón en Filipinas, que borró ciudades y mató a  decenas de miles de personas. Tenemos la cabeza en la freaking luna de Valencia.

Admito que cuando conocía a Uriel gracias al noticiario, lo que me salieron fueron malas palabras de la boca. Porque pensé que un asesino de una hermana mía no merece otra cosa que morir como mató.

Pero, Uriel, el domingo me diste una gran lección. Desde mi esquina en esta isla, te envío un abrazo y mi agradecimiento. Me has hecho una mejor persona y me has devuelto la fe.  No sé las interioridades de la muerte de tu hermana. No las necesito. Te “conocí” a ti. Y eso me basta. Gracias.