Opinión: ¿Qué carajo pasa?

¿Por qué una palabra adquiere un significado distinto dependiendo de quién la diga? A diario vemos cómo miles incluyen alguna de esas llamadas “malas palabras”…

Por Yolanda Rosaly @YolandaRosaly

18 sept 2013, 11:00 pm 3 min de lectura

— MILLY QUEZADA (@MILLY_QUEZADA) September 17, 2013

¿Por qué una palabra adquiere un significado distinto dependiendo de quién la diga? A diario vemos cómo miles incluyen alguna de esas llamadas “malas palabras” en sus conversaciones en las redes sociales para darle fueza a la expresión. Si se trata de “Juan Pérez”, pues no pasa nada… Pero si quien lo dice es famoso, se forma un “carajal”, como suele decir el colega Rubén Sánchez en sus programas de radio y televisión, por no decir la palabra con todas sus letras. Claro, la razón de Rubén es válida: las regulaciones de la Comisión Federal de Comunicaciones.

Pero, regresando al meollo del asunto, me molesta el revuelo que se forma cuando una Johanna Rosaly, un Aníbal Acevedo Vilá u otro ente de las llamadas figuras públicas se tiran un “carajo” u otra palabra de la lista que incluye esas que llamamos “malas palabras”. 

El más reciente bochinche por una situación como esta la vimos cuando a la merenguera Millie Quezada se le zafó un “carajo” en el programa Idol Puerto Rico como parte de la euforia de su evaluación como jueza. ¡De “cafre” pa’bajo: le dijeron de todo!

Pero no entiendo… ¿Cómo alguien se puede ofender cuando en cada lugar, esquina, hogar de este país se escuchan constantemente esta y otras palabras muchos más altisonantes? ¡Cuando no hay reparos, ni bochorno en decirlas frente a niños, mujeres, profesionales, desconocidos y ante quien sea! ¿Hasta dónde puede llegar la hipocresía y la “pendejereta” (otra palabra de las de Rubén) de querer ser más papistas que el papa?

Y no es que defienda, propicie, ni apruebe que vayamos por la vida de “boquisucios” (esta palabra me encanta… Se la robé a La Comay). Porque, en realidad, lo “bueno” o “malo” no es la palabra, sino cuánto la decimos, dónde la decimos, dentro de qué contexto, en qué momento, frente a quién y la razón que nos provoca decirlo… Igualmente, debo dejar claro que quienes por sus principios religiosos rechacen este tipo de vocabulario deben ser respetados; procurar no mencionarlas en su presencia; en este caso, entender la razón de sus creencias es simplemente lo correcto.

De regreso al caso de Millie Quezada, quien todo Puerto Rico sabe es una dama, una profesional, un ser humano respetuoso y valioso, entiendo que se trató de una forma de expresar su entusiasmo como jueza. Claro, como dije, aquí la única situación preocupante fue el asunto de la reglamentación de la Comisión Federal de Comunicaciones.

Así las cosas, repito, no entiendo el revuelo. Estoy convencida de que esto de decir una que otra vez una palabrita como esta no va a crear delincuentes, ni incidirá en el aumento en el crimen, ni en el uso de drogas, ni en los robos… El problema social y profundo de Puerto Rico no estriba en esto. ¡Ojalá y así fuera! Entonces, la solución sería tan sencilla como rápida.

Por otro lado, nadie puede negar que un “carajo” a tiempo, bien puesto en su lugar, endereza muchachos, hace reaccionar al más testarudo y hasta, dependiendo de las circunstancias, nos haría reír y aliviar el estrés (ya sea decirlo y/o escucharlo).

En contraste, con la “mojigatería nacional”, en España, donde no existe esta prohibición lingüística mediática, menciono a las comedias Aida y Aquí no hay quien viva ¡Sencillamente geniales! Con sus “malas palabras” (que para ellos no lo son) bien puestas donde deben ir, sin reparos pero sin excesos, le dan el toque perfecto, el matiz ideal y logran productos televisivos que se identifican con el ciudadano común; son productos televisivos naturales, reales que terminan convirtiéndose en reyes de la audiencia en su país e internacionalmente. Y no ofenden a nadie.

Entonces, ¿por qué “molestan” tanto cuando las vemos en las redes sociales o a alguien se le “zafa” en la radio o la televisión local? Basta de hipocresía y de criticar por criticar. Hay que ser más inteligentes… ¡Carajo!