Críticos de sofá

No hay nada comparable con ser boricua.

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

10 sept 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

No hay nada comparable con ser boricua.

Somos gente esencialmente buena, de corazón generoso, de proceder noble y con un sentido extraordinario de empatía. Pero si usted quiere ver a un boricua en toda su contradicción espiritual, péguese a las redes sociales durante cualquier competencia, deportiva o artística, de cualquier naturaleza. Elija cualquiera y haga un análisis sociológico de nuestra arbitrariedad.

Y es que las redes, en toda su revolución, se han convertido en la plataforma perfecta para dar nuestras opiniones, que de otra manera no tendría usted manera de expresar, porque no es lo mismo llamar a “opine usted” o escribir una “carta al lector”. A ver si las líneas no están congestionadas o si el e-mail nunca le llegó al editor. En las redes usted dice lo que piensa, se desahoga y sigue andando con una tranquilidad importante, livianito como si saliera del confesionario. Y su opinión es tan importante como el número de friends que le sigan. La verdad, qué nos hubiéramos hecho sin Zuckerberg.

Las redes son responsables del surgimiento de una nueva clase de expertos, críticos y jueces.

Tome las competencias deportivas, por ejemplo. Tome cualquiera, quizás la más reciente es el Premundial de baloncesto. Yo no he jugado nada en mi vida. Ni bolita y hoyo, así que yo miro a esos jugadores, desde el más estelar hasta al más comebanco, como gente honorable que viste un uniforme que es en realidad su medalla de vida, porque ya llegar hasta ahí es un privilegio inigualable. Y me disfruto los juegos, celebro cada tiro y me sufro cada error. 

Y es cómico, porque en medio del juego uno entra a las redes y todo el mundo idealiza al equipo mientras va ganando, pero que no cometa uno un error, que se vuelca la ira del experto, porque “debió haber hecho esto o aquello”. Porque claro, desde la comodidad del sofá y con la cerveza en la mano, es más fácil que sudando en la cancha.

Por eso, el otro día, aunque muchos pensaban contrario a mí, me solidaricé con Larry Ayuso. Si bien es cierto que su mandada al c#@^ fue bastante antideportiva, fue una reacción humana en la que debemos pensar. Porque todos hablan desde su comodidad, pero pocos piensan en la responsabilidad tan grande que tienen los jugadores, en la presión, en las cosas que no se ven. Olvidamos que son humanos porque hace tiempo los idealizamos y no le damos la oportunidad de cometer errores. Ese día, me perdonan, yo quería ser pana de Ayuso.

Lo mismo pasa con Culson. Que cuando hemos querido darle estatus de héroe lo hemos hecho y cuando hemos necesitado una excusa para paralizar la Isla lo hemos utilizado, pero qué mucho nos jode que llegue segundo, porque, claro, correr así es cosa fácil y lo hacemos todos, en Ponce o en Londres. Estamos de madre, en serio.

Pero si usted quiere ver un grado impresionante de crueldad, nada más entre a las redes cuando hay una competencia artística, de esas tipo Idol, o concursos de belleza. Ahí sí que dejamos la nobleza y la empatía a un lado y nos convertimos en verdaderos monstruos de opinión.

Hay veces que las críticas se justifican, pero a fin de cuentas casi ningún crítico de sofá tiene la babilla de ponerse en el lugar del concursante, que sabrá Dios con cuántos demonios y situaciones ha tenido que lidiar para llegar hasta ahí. Tomo excepción en el caso de los concursos con niños. Por mí no existirían. No me da el alma para ver a una criatura de esas sufrir así con la crítica del jurado y del que no es jurado y que encima lo eliminen en prime time. Hay maneras menos crueles de forjar un carácter. Y para humillaciones ya suficiente tenemos con la adolescencia. Todo a su tiempo, diría mi madre.

Y en los concursos de belleza, qué les puedo decir. No son las pruebas para entrar a la NASA ni las vistas para llegar al Supremo. Es un concurso de quién es más linda, quién ha pasado más hambre en su vida y quién lleva mejor puesto el pelo. ¿Que idealmente sería bueno tomar en cuenta la cabeza que carga el pelo? Sí. Y ya hay algunos concursos que lo hacen, pero, por favor, si se permiten las cirugías plásticas para participar, pues ya convertimos en honorable la trampa. ¿Qué más quieren?

Después se quejan de que piden la paz mundial. Es que también nos pasamos.