Opinión: Violencia e impunidad

La incertidumbre que ha rodeado por varios meses al superintendente de la Policía sobre su posible salida del puesto nos obliga a preguntarnos cuánto pesa una…

Por Armando Valdés

16 ago 2013, 12:00 am 2 min de lectura

La incertidumbre que ha rodeado por varios meses al superintendente de la Policía sobre su posible salida del puesto nos obliga a preguntarnos cuánto pesa una sola persona, entiéndase, el jefe máximo de la Uniformada, en la lucha contra el crimen.

Sin duda, un administrador y gerente de proyectos eficiente es imprescindible al mando de una organización que emplea a cerca de 20,000 puertorriqueños. La implementación de cualquier plan anticrimen, desde la perspectiva policiaca, tiene que estar en manos de una persona capaz de ejecutarlo y darles seguimiento a sus subalternos para lograr resultados. Héctor Pesquera, hasta ahora, ha demostrado ser ese tipo de líder.

Sin embargo, hace falta también un plan estructurado y con metas claramente definidas. El gobernador Alejandro García Padilla ha sido eficiente en comunicar y comenzar a implantar iniciativas dirigidas a limitar el trasiego de drogas hacia y a través de Puerto Rico. El superintendente se ha adaptado a los planes de la nueva administración y, junto con las autoridades federales, ha logrado sus primeros éxitos.

Ahora bien, aún siendo el principal problema de seguridad de nuestro país, el narcotráfico no puede ser el enfoque exclusivo de la política pública. El país experimenta una epidemia de violencia a todo nivel y el grado de impunidad es alarmante.

La violencia se manifiesta de distintas formas, pero se reduce a una desvalorización de la vida humana —la propia y la ajena—. Todavía recuerdo hace unos años cuando el país se impresionó por la novedad de un muerto que fue velado parado en una esquina de lo que habría sido su hogar. No obstante, lo más que impresionaba de ese caso no era el morbo del espectáculo, sino la lamentable realidad de que un joven puertorriqueño hubiese hecho sus prearreglos fúnebres sin siquiera haber cumplido los 30 años. Resulta obvio que, para él y para muchos otros que viven sus circunstancias, sus propias vidas tienen poco valor.

La baja tasa de esclarecimiento de asesinatos, por otro lado, apunta a la incapacidad de nuestras autoridades de hacer que el delincuente responda por sus crímenes, lo que a su vez alienta al criminal.

De ahí que debemos enfrentar el problema de la seguridad desde diversas disciplinas y distintos enfoques. Si bien detener el pernicioso efecto del narcotráfico es tarea impostergable, necesitamos también mejorar la investigación criminal, la recolección y el uso de datos sobre la actividad delictiva, enfocarnos en el cumplimiento de las leyes penales más básicas, promover una cultura de vida, evaluar enfoques salubristas a la drogadicción —y hasta la posible legalización de algunas sustancias controladas— y reformar las estructuras policiacas.