Benditas canas

Cuando uno va creciendo, el ambiente y las influencias te van creando una especie de fobia a esos hilitos blancos que aparecen impertinentes entre los…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

17 jul 2013, 12:00 am 4 min de lectura

Cuando uno va creciendo, el ambiente y las influencias te van creando una especie de fobia a esos hilitos blancos que aparecen impertinentes entre los cabellos. Cuando la gente habla de las canas es como si hablara de la amenaza más terrible que pudiera tener su vida. Que aparezca una cana es para muchos casi el diagnóstico final. Tu vida va jalda abajo; empezó el envejecimiento y es imparable.

Y quizás por ese terror generalizado siempre quise buscarle el punto bueno a las benditas canas. Y las encuentro superdivertidas.

He leído cuanto estudio existe sobre ellas. Y leer un estudio de estos siempre es comiquísimo, porque el mes que viene surgirá de seguro otro que descartará la teoría del anterior, dependiendo de quién lo pague. Es como los estudios sobre el azúcar de dieta. Hoy sale uno que dice que da cáncer, auspiciado por la asociación de la caña —digamos— y mañana sale otro diciendo que el consumo diario de azúcar no ayuda a evitar el cáncer, auspiciado por alguna compañía de endulzador artificial.

Pero quédense tranquilos, porque ya comprobamos la teoría en doce ratones en un estudio en California y solo 3.5 ratones tuvieron cáncer. Qué, quééé. Jamás he entendido la facilidad de los estudios en dividir a los pobres ratones en 0.5. Y cuando se trata de gente, siempre fantaseo con saber qué parte del 0.5 tuvo cáncer y cómo y por qué se salvó el restante 0.5. Y si el 0.5 es del ombligo para abajo o del ombligo para arriba.

Si bien son útiles, los estudios, confiesen, también son un chiste.

Volviendo a las canas, si le voy a hacer caso a algún estudio —y como uno finalmente acoge y abraza el que más le conviene como ocurre con la fe— prefiero adoptar el que confirma que la causa de ellas está en los genes, porque todavía es la hora que no he visto una cana en mami. Así que al menos por ahí el panorama va pintando bien.

Elijo ese estudio porque quiero con pasión descartar el que ha determinado que las canas son el resultado de factores medioambientales y de estilos de vida, como el estrés y el sobrepeso. Nada más de pensarlo me salen tres canas. Si fuera por estrés y por comer en exceso, ya estaría cundía de ellas.
Los factores, además, son tan variables. Cuando yo conocí a mi esposo, él tenía solo 24 años, un montón de canas y cero estrés. Casi diez años más tarde, tiene un millón de canas y de todas me echa la culpa. ¿Quién lo entiende?

Cuando descubrí mi primera cana, me dio un ataque de risa, porque salió por allá atrás, casi casi en la coronilla. La nena del Negro con una cana, quién lo diría. Ya me han salido unas cuantas más, y cada que vez que las descubro me da risa en vez de preocupación. Son como las arrugas. Significan que he cambiado, y eso es cool. Lagarto sea que me quede igual. Mientras pueda ocultarlas, súper, y cuando no, súper también. Pero ¿ha visto usted alguna vez una cana posteada en Facebook o en Instagram? Pues claro que no. La mala reputación las persigue con injusticia.

Las canas en las mujeres merecen un párrafo aparte, porque es una de las innumerables razones por las cuales creo que de verdad las mujeres somos unas bravas. No solo tenemos que invertir miles de dólares en ocultarlas y disimularlas, sino que también tenemos que cargar con la injusticia de que a los canosos varones se les considere socialmente “distinguidos” e “interesantes”, mientras que a las mujeres canosas simplemente se les considere “viejas” y en detrimento.

Hay un dicho buenísimo de que “hay que respetar las canas”. Va más allá de los impertinentes pelos blancos y va a la médula del respeto a los años  y a la experiencia. No me gusta el dicho “envejecer con dignidad”, porque simplifica mucho el asunto y la dignidad no se mide por los pelos.

La próxima vez que usted se descubra una cana, sonría y dé gracias al Cielo, porque significa que ha vivido, madurado y evolucionado. Y después, si quiere, corra a comprar con qué taparla, sea mujer o varón.

Pero ría. Ría por estar vivo.