La vida en fila
Alguien debería calcular cuánto tiempo pierde el ser humano haciendo filas.
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Alguien debería calcular cuánto tiempo pierde el ser humano haciendo filas.
Tienen que ser un montón. Desde que eres pequeño y llegas a la escuela, la palabra fila es clave de orden, disciplina y paz mental para el maestro. Pero la sencillez deja pronto de serlo. Las filas se convierten en algo más urgente que coger tu bandeja de alimentos en el comedor. Los años traen las filas que terminan probando tu carácter, propiciando tus deseos internos de indisciplina y acabando con tu paz mental.
Soy del tiempo en que para matricularse en la universidad había que hacer fila. Y a esas filas les huía siempre, casi tanto como a la clase de Estadística. Esa fila dramatizaba la ineficiencia de un sistema universitario que te pide orden, pero no te lo propicia cuando te ves forzado a llegar de madrugada a ver si consigues al menos cuatro clases decentes. Ya, a las 12 del mediodía, con el termómetro en los 90, tú no querías conseguir cuatro clases. Querías conseguir cuatro palos y empezar a romper todo. Pero gracias al online, esa fila luego desapareció.
Después vienen otras filas más interesantes, como, por ejemplo, la de los peajes. Ni bien uno empieza a ver los letreros anunciando el peaje, empieza a intentar ver más allá de los ojos para descifrar cuál es el carril menos lleno. La suerte no me acompañaba nunca en esta fila. Mis cálculos casi siempre eran incorrectos. Solo tenía yo que elegir que iba por tal carril, para que el carro del frente empezara a contar chavitos prietos en el peaje de Caguas, abriera la puerta, se bajara a recoger unos cuantos que se le cayeron o terminara cruzando hasta la caseta de cambio. De esa fila ya me zafé gracias al carril de autoexpreso, pero bastante que me la comí.
La del banco y la del correo también tienen lo suyo. Siempre hay uno que no llenó la hoja en la recepción, o la llenó mal y empieza otra vez, o no encuentra su identificación, o el esposo no le dio bien el # de cuenta. Y ahí va uno, otra vez con la santa paciencia. Varias veces saqué la barriga a ver si algún empleado pensaba que estaba embarazada y me pasaba al frente, pero el truco no funcionó. Ahora, sí le funcionaba a algunos viejitos llegar diciendo que tenían 70 años para que los colaran. Aunque saliendo de la sucursal se olvidaran del bastoncito y caminaran de show. Pero esta fila, con el paso de los años, también ha ido transformándose gracias al online banking.
Ahora, la fila más pintoresca y desesperante es la del supermercado. Al menos aquí, el online shopping no está en todos lados. Qué belleza todas las filas que evité cuando vivía fuera y mi único problema era que olvidaba cómo traducir apio, que al final me llegaba a casa a la hora exacta del pedido, sin filas, sin gasolina, sin estrés. Pero aquí el supermercado es una prueba a la paciencia y a los modales. Otra vez, mides con tus ojos y la nariz del carrito de compra cuántos hay en cada fila y te metes en la que crees es más conveniente.
Y el del frente decide regresar por café, mira atentamente cada uno de los artículos que la cajera va sumando, pregunta diez veces si eso es a 5 por $5 —sabiendo que sí porque tiene el shopper de frente—, se da cuenta de que el pan que cogió es integral y no blanco, que las uvas se ven mustias, paga mitad con tarjeta de crédito y mitad con cash… ¡Qué, quéee! Y cuando ya llevas un rato ahí, la cajera te pregunta si deseas cooperar con los niños desamparados y con impedimentos físicos del tal lugar. Coño, quién no quiere cooperar con esos niños. Pero estoy detrás, avanza, por Dios Santo.
He llegado a mirar mi carrito con deseos de poder embestir pa’l frente… accidentalmente. Pero me frena el recuerdo de mi maestra diciéndome: “Filita india. Calma que van a llegar”.
Cuándo es que voy a llegar no está claro. Eso sí, si usted me ve haciendo una fila, elija otra. La mía va a tardar.


