El texteo nuestro de cada día
Para todos los que nacimos antes del comienzo de este siglo, comunicarnos de otra manera que no fuera en persona o por teléfono, no era algo que podíamos…
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Para todos los que nacimos antes del comienzo de este siglo, comunicarnos de otra manera que no fuera en persona o por teléfono, no era algo que podíamos imaginar. Lo veíamos hasta imposible, hasta que llegó el bíper, el celular y después el texting. A este fenómeno, esta nacida a mediados de los ‘70 se resistió un poco. Pegaba freno porque mi personalidad exigía un contacto más directo, en persona, más real. Y debo confesar que la tecnología, a esta jíbara del campo, le llegaba un poco más tarde que a los demás. En lo que la fama de cada fenómeno hacía escante en la loza, yo me interesaba por otras cosas en la loma de un barrio cagüeno. Así, cuando en San Juan todos los de mi edad tenían celulares grandes y horrendos, yo tenía un bíper, igualmente grande y horrendo. Tenía que decirle a la operadora de CellPage que le dijera a mi novio que ya estaba en la casa, pero que no quería verlo nunca más; o a mi padre, también a través de la operadora, que trajera huevos o toallitas sanitarias. “Por favor, dígale que es urgente”. (¡Una vergüenza para mí, para el operador y para mi padre!) Y cuando ya en el área metro comenzaban a “compactarse” los celulares, yo empecé a usar los grandes y horrendos. A todo fenómeno yo le llegaba tarde. Entonces comencé mi carrera como periodista y más o menos vi la luz del día y empaté la pelea. Entonces tenía bíper… y celular, las dos cosas. Y ahí vi como mi vida se me complicaba cada vez un poco más. Obsesiva como siento que soy, entonces andaba pendiente a las dos cosas. Me sentía culpable—y un poco desnuda—si no andaba con ambos aparatos. Ni decir cómo me sentía si no podía contestar de inmediato o si me quedaba sin batería. Con el tiempo abandoné el bíper y llegó el texting. Entonces mis amigos de la loza me texteaban y yo marcaba el teléfono y veía que no me respondían, pero me contestaban de inmediato los mensajes de texto. Un día increpé a un buen amigo. Le pregunté qué había pasado con el “hola, cómo estás, espero que esté todo bien”. Y él me contestó algo que fue tan bueno que lo adopté casi filosóficamente. “Si cada vez que tengo que decirte algo te tengo que llamar y responderte cómo estoy y escuchar encima que andas quizás en un tapón y estás apestada de la vida, o bien feliz, o entrando al baño, o lo que sea, estoy perdiendo tres minutos de mi vida por llamada mínimo”. ¿Perder el tiempo? ¡Qué pantalones!, dije yo. Pero cuánta razón tenía mi amigo. Hoy día necesitamos hacer llegar el mensaje lo más pronto posible; obtener una respuesta velozmente. Eso no significa que no nos importe cómo está la persona del otro lado. Significa que si de verdad necesito, ahora, en este instante, los datos más personales de tu vida, quizás te invito a un trago. Mientras, el dato que no se te pregunte, es innecesario. Los tiempos han cambiado y eso no significa que para mal. Ya no le pido toallas sanitarias a mi padre, pero le pido la bendición o le ruego que le diga a mami que por favor responda el teléfono, que quiero decirle algo que no puedo resumir dentro de los límites tecnológicos. Es que vivimos en un mundo con prisa. En estos días, aun el más vago de los vagos tiene su prisa, aunque la defina de manera distinta.


