¿Bendiciones?

Hace días que vengo aguantándome las ganas de escribir sobre esto y acabo de caer en cuenta de que quizás tengo mal timing. Estamos en la Semana Mayor, un…

Por Dennise Y. Pérez @denniseypr

12 abr 2013, 11:00 pm 4 min de lectura

Hace días que vengo aguantándome las ganas de escribir sobre esto y acabo de caer en cuenta de que quizás tengo mal timing. Estamos en la Semana Mayor, un periodo en el que los creyentes se supone que estemos reflexionando y haciendo propósito de enmienda. Y yo vengo a rebelarme contra una palabra que últimamente la gente ha comenzado a utilizar sin distinción de momento, circunstancia o interlocutor.  Pero de todos modos lo voy a hacer. Es la palabra “bendiciones”. Estrictamente hablando, la palabra “bendición” lleva consigo un deseo de que alguien tenga bien, en abundancia, un deseo sincero de prosperidad. Hasta muy recientemente esa palabra yo la escuchaba en la iglesia y en mi casa, donde siempre pedimos la “bendición” a nuestros padres y familiares. Es una palabra hermosa. Pero, de un tiempo a esta parte, ya ha empezado a irritarme un poco.  En vez de recibirla con amor, ternura y respeto como hacía antes, ahora la miro con una sospecha tremenda. Y eso me hace sentir fatal, porque soy católica practicante y, como tal, tengo un agudo sentido de culpa. Hace unas semanas, escribí una columna que titulé “Con todo el respeto que usted se merece”, en la que expresaba el terror que sentía cada vez que alguien comenzaba su conversación de esa manera. La daga venía a las millas. Pues eso exactamente me está pasando con “bendiciones”. Por la naturaleza de mi trabajo y por la naturaleza del mundo en el que me manejo —los medios de comunicación, el Gobierno y la política (diantre, acabo de caer en cuenta de que estoy metida en un bollete monumental)—, no puede uno pretender ser monedita de oro para todos. Con alguien siempre vas a estar mal; alguna opinión va a ser resentida; alguna decisión va a ser cuestionada; siempre alguien lo haría mejor que tú… En fin, hay una exposición a la crítica todo el tiempo. Y todos, aunque digamos que somos tolerantes a la crítica, la resentimos de algún modo. Es una cuestión de instinto, de autoprotección. Quizás por eso a alguien, en algún momento de la historia bien reciente, decidió comenzar a usar la palabra “bendiciones” casi como una muletilla después de clavarte una crítica. Lo estoy viendo todo el tiempo. El otro día recibí un correo electrónico bastante insultante, repleto de juicios incorrectos y con unas conclusiones a todas luces descabelladas. Por el tono del correo, tú sabías que el mensajero me quería mínimamente atropellar con una 4 x 4. Pacientemente leí la letanía que tiene que haberle tomado bastante tiempo en escribir. No esperaba que al final firmara con el tradicional “respetuosamente”, porque era claro que ya me había faltado el respeto, ni con “cordialmente”, porque aquello era de todo menos cordial. Juro que me esperaba un “shame on you”, o una buena mandada al infierno, cosa que siempre recibo con gusto porque mi cotidianidad sin una buena mandada al @#& es casi como un jardín sin flores. Pero, para mi sorpresa, el hombre firmó con “bendiciones para usted y su familia”. Y ahí sí que no pude más. Soy de aguantarme a veces las confrontaciones, pero en esta no. Esta no se la iba a dejar pasar. Y como era una crítica personal, le contesté brevemente: “Quisiera poder comenzar dirigiéndome a usted como estimado señor, pero afortunadamente en mi casa no me enseñaron a expresar lo que no siento. Así que sirva la presente para hacer constar que recibí su crítica y que la releeré a ver si la entiendo o logro sacar algo bueno de ella. Para la próxima, le pido por favor que termine su mensaje con mayor honestidad. Ahórrese los deseos de bendiciones para mí y mi familia y mándeme a las ventas del infierno directamente”. La utilización de la palabra “bendiciones” anda prostituyéndose rápidamente. La veo en mensajes de texto, en posteos en las redes sociales, en la tele… y la mayoría de las veces es después de una clavada. Es como si la usaran en sustitución de la vaselina. Claro que siempre queda aún el honesto. Ese no hay que explicarlo y su sinceridad es obvia en el contexto en que se reciba. Es bien recibido y se valora. En estos días de reflexión, métase en la cabeza que no hay nada más liberador que una buena mandada al ca@#*^. No vacile ni sea falso. Dígalo y punto. Qué bendiciones ni qué bendiciones…