Papa-coach
Los niños deportistas son mis nuevos ídolos.
Por Dennise Y. Pérez @denniseypr
Los niños deportistas son mis nuevos ídolos.
No solo porque han elegido temprano tener una vida saludable y activa, sino porque, por regla general, están saliendo del sedentarismo del que todos hablan y critican después de que le pusieron un Nintendo DS en las manos como escudo para esos momentos en que necesitan paz.
Van a cenar; un DS para el niño para que deje a los adultos hablar. Van guiando; un DS para el niño para que le deje chismear por celular. Van a misa; un DS para el niño, no sé para qué. Será para que le deje escuchar la palabra de Dios en high definition.
Ese niño que logra activar su vida con el deporte, o alcanza el equilibrio saludable entre el deporte y el DS, es un nene que me cae superbién. No lo tenía muy presente porque nunca jugué ningún deporte. Y no soy de la época de los videojuegos portátiles. Es decir, no jugué a nada, lo que en esta época quizás me haga cualificar para loser o para nerd, o para todas las anteriores.
Más allá de los torneos de mi colegio en Caguas —en los que casi siempre estaba ejerciendo alguna otra actividad extracurricular de menos esfuerzo físico— nunca tuve demasiado acceso a niños jugando en equipos deportivos. Pero, desde hace unos meses, he ido a unos cuantos juegos de niños, ya como tía fanática de mis sobrinos, no tanto como espectadora fanática del deporte.
Y en esos juegos he aprendido a admirar sin límites a esos chiquitines. La presión a la que se someten esas criaturas es una cosa de todo, menos linda. Es espeluznante. Reconozco que eso me pasa quizás porque no tengo como responsabilidad principal el desarrollo temprano de ningún niño. Tampoco he tenido la urgencia de sentir que se me requiera una buena dosis de competencia, disciplina y presión emocional que haga más fuerte a esa personita. Puede ser.
Pero como soy una especie extraña, de esas que observa su alrededor en toda circunstancia y lugar y se hace preguntas por cualquier cosa, me llama poderosamente el entorno deportivo, sobre todo cuando, como dije, se trata de niños.
La presión que confrontan es un horror hasta para los grandes. Yo escucho los gritos que reciben esos nenes, y la verdad es que no sé cómo reaccionar ni porque soy adulta. Le grita el coach, le grita el asistente del coach, le pita el árbitro, le grita la madre, le grita el padre, le reclama el abuelo. El coach le dice que pase la bola mientras el padre le grita que coja el rebote… Lo tumban, lo paran, le hacen falta… Se suman los gritos de todos los parientes no propios a los del resto del equipo… Tamaño estrés.
Mientras todo esto pasa, de vez en cuando los padres o los espectadores, inconformes con alguna determinación del árbitro, entonan cánticos coloridos con panderetas y/o chicharras, entre una que otra palabrota impublicable. Ojo, acabado el juego, le pedirán al niño que no repita esas palabras, que eso no se hace, que son cosas de grandes. ¡Qué bonito ejemplo!
Y esté ganando o esté perdiendo el niño en su esperado partido, yo veo que nadie sale de ahí con una presión arterial normal. Nadie da 110/70 terminado un partido de esos. Yo tampoco. Como en el resto de la vida, me delata el cuello. Y si pierde, Dios no lo quiera, me voy con el corazón pegao al alma, esperando esa carita de niño que no comprende mucho.
Lo sé. Es parte del crecimiento. Yo crecí disinto. Sin DS, sin deporte y sin gritos para el equipo. Un buen libro y a la cama. Yeap. I was a nerd.


