Arrastrando la cruz de la costumbre
Damián Cabrera Candelaria, activista LGBTT, comparte esta columna con Metro.
Por Damián Cabrera Candelaria , @damiancandela
La pasada contienda electoral fue una nunca antes vista en la historia de nuestro país. De los seis partidos inscritos, cinco tenían propuestas para las personas LGBT; unos más abiertos que otros, pero las tenían. A pesar de ello, la costumbre reinó, pues el mayor forcejeo se dio entre los dos partidos de siempre, el PNP y el PPD, obteniendo ambos la mayor cantidad de los votos. Esto me hace preguntar: “Dentro de todo este circo de cada cuatro años, ¿qué papel tuvo el sector lésbico, gay, bisexual y trans (LGBT)?”.
La sociedad puertorriqueña, de la que somos parte, arraiga consigo actitudes que nos caracterizan; entre ellas, el bipartidismo. Habiendo partidos que contenían en sus plataformas propuestas concretas a favor de las orientaciones sexuales y hasta sobre la identidad de género, redundamos en votar por los mismos dos partidos que nos han oprimido generación tras generación, partidos que históricamente solo se han dirigido hacia el sector LGBT para deshumanizar u ofrecer migajas. Más lamentable aún es que el PNP no tenga propuesta alguna dentro de su plataforma, y que el PPD haya sido tímido en las propuestas que trae.
Comprendo que el análisis hecho sobre un partido debe ser de manera integral, es decir, considerando todas sus partes. Las políticas en cuanto a la economía, la educación, el ambiente, etc., son ángulos sumamente importantes para valorar, pero ¿cómo un partido podría servir a su país cuando ni tan siquiera reconoce la humanidad de cada persona? No se trata de darle el voto a un político por el mero hecho de ser abiertamente LGBT, pero sí de echar un segundo vistazo a personas y a partidos que reconocen nuestros derechos. Si Puerto Rico tuviera la capacidad y el interés de despojarse del castigo autoinfligido que es el bipartidismo, podríamos conocer un país que aceptase las diversidades de hombres, mujeres y personas.
Aunque las elecciones no deberían sustituir la lucha en la calle, sí podrían ser utilizadas como estrategia para alcanzar nuestras justas exigencias; pues no se trata solo de abrir las mentes del pueblo, sino también de arrancar la homofobia y la transfobia atada fuertemente al Estado. La elección de un candidato o candidata no representa jamás la meta final. Nuestros reclamos nunca deberían descansar sobre los brazos de un “superhumano” que luche por nuestros derechos. Una ley aprobada a favor de las personas LGBT no representa la inexistencia de homofobia y transfobia en las instituciones gubernamentales o en la mentalidad de un pueblo. Educar con respecto a las diversidades siempre será parte indispensable de lograr una transformación social, y eso se logra en las calles.
De igual modo, dicho esfuerzo debe estar enfocado en elevar la conciencia no tan solo de las personas que no son LGBT, sino también de las que sí lo somos. El vehículo para la transformación social debe basarse en una lucha que sea solidaria, participativa e inclusiva en sí misma. Una vez construida esa base, habremos alcanzado unos de nuestros más grandes logros.


