El juego del impostor se ha convertido en uno de los formatos más virales y versátiles de las redes sociales. Basta con deslizar unos segundos en TikTok o Instagram Reels para encontrarse con grupos de amigos, compañeros de trabajo, estudiantes o creadores de contenido intentando descubrir quién no pertenece al grupo. El atractivo está en su sencillez, pero sobre todo en la tensión divertida que se crea cuando alguien debe fingir saber algo que en realidad desconoce.
La lógica es clara: un grupo de personas graba un video corto con una temática previamente acordada —oficina, universidad, playa, hospital, cine, familia—, pero hay una trampa. Una sola persona no sabe cuál es el tema y asume el rol del impostor. A partir de ese momento, todos deben decir, por turnos, una sola palabra relacionada con la temática. Mientras el grupo intenta no ser demasiado obvio, el impostor escucha, analiza y arriesga respuestas que le permitan encajar sin ser descubierto.
El arte de improvisar y observar
El impostor no solo debe adivinar la temática, sino hacerlo rápido y con inteligencia emocional. Cada palabra es una pista, pero también una amenaza. Si es demasiado genérico, levantará sospechas; si es demasiado específico, podría delatar que ya entendió el tema. Este equilibrio convierte al juego en un ejercicio de improvisación, observación y creatividad que atrapa tanto a quienes participan como a quienes miran desde la pantalla.
Este formato funciona porque invita al espectador a jugar desde casa. Quien ve el video intenta adivinar quién es el impostor antes de que el grupo lo descubra. Además, despierta curiosidad, genera comentarios, debates y risas. No se trata solo de entretenimiento: el juego activa la atención, la deducción y la empatía, elementos clave para destacar en plataformas saturadas de contenido.
Un juego con raíces más profundas
Aunque hoy parece un invento exclusivo de TikTok e Instagram Reels, el juego del impostor tiene antecedentes claros en dinámicas que existen desde hace años. Su estructura se inspira en el popular videojuego Among Us, donde uno o varios jugadores deben sabotear sin ser descubiertos y el resto del grupo analiza comportamientos para identificar al infiltrado.
También guarda una fuerte relación con juegos de mesa como Spyfall —conocido en español como El espía—, en el que todos los participantes conocen una locación excepto uno. A través de pistas verbales sutiles, el “espía” debe deducir el lugar sin delatar su desconocimiento, mientras los demás intentan descubrirlo. La lógica es casi idéntica: decir lo justo, no demasiado y leer entre líneas.
A esto se suman ejercicios clásicos de improvisación teatral y comunicación grupal, donde uno de los participantes recibe información incompleta y debe adaptarse al contexto en tiempo real. La diferencia es que las redes sociales transformaron estas dinámicas en un formato breve, visual y altamente replicable, ideal para captar la atención en pocos segundos.
Así, el juego del impostor no surge de la nada, sino que es el resultado de una reinvención digital de juegos tradicionales. Una prueba más de cómo las redes sociales resignifican viejas ideas y las convierten en experiencias virales, accesibles y divertidas para públicos de todas las edades.
