Guerrilleras vestidas

Mucho se ha hablado de los hombres que se visten con atuendos femeninos por cuestiones “performáticas”. Algunas personas hasta se atreven a argumentar que…

Por Damián Cabrera Candelaria

18 feb 2013, 11:00 pm 2 min de lectura

Mucho se ha hablado de los hombres que se visten con atuendos femeninos por cuestiones “performáticas”. Algunas personas hasta se atreven a argumentar que atrasan la lucha del sector lésbico, gay, bisexual, trans y queer (LGBTQ) alegando que “representan una mala imagen”. Sin embargo, la habilidad de unir pelucas, pestañas postizas, maquillaje extravagante y tacones con un pene, definitivamente, es digno de llamarse una obra maestra.

Entendiendo nuestras realidades diversas. Nadie, incluyendo a los transformistas, podría catalogarse como representativo de lo que es ser LGBTQ, pero no podemos negar que componen una parte esencial y colorida de nuestra cultura como comunidad. El arte del transformismo, erróneamente conocido por travestismo, es uno subversivo, de rebeldía con causa y de reivindicación.

Los transformistas delatan la liquidez de las percepciones que tenemos sobre lo que es ser hombre y ser mujer, pues, evidentemente, cruzan esa línea. Al declararse en contra de supuestos tan rígidos, nos dan la lección de romper y cuestionar aquellas maneras “únicas” y “correctas” de ser. Nos dan el ejemplo de romper los moldes de masculinidad y feminidad para que podamos vivir como nos dé la gana.

Siempre nos han enseñado que, una vez se nos asigna un género, debemos reproducir todos los roles asignados al mismo sin tan siquiera fantasear con la idea de cruzar la línea entre ellos. “Vestirse”, como toda acción subversiva, no surge de la nada ni es un proceso sencillo. Llegar a ese momento implica haberse despojado de percepciones macharranas y aceptado que no está mal que las personas transgredan las leyes sociales del género. Esta puede ser una lucha interna difícil de ganar, pero la victoria que representa cada acto de transformismo nos acerca hacia la construcción de una identidad genuina.

Contrario a lo que muchas personas podrían pensar, quienes practican el arte del transformismo hacen una gran aportación a la lucha LGBTQ. Debajo de toda esa belleza externa, se encuentra un(a) feroz guerriller@ que nos indica que el norte está en el cuestionamiento y que la libertad, tanto individual como colectiva, la encontraremos viviendo acorde a como somos. No debemos olvidar que, al fin y al cabo, nosotr@s l@s queer, l@s trans, l@s gays, las lesbianas y l@s bisexuales tampoco seguimos el camino que estábamos supuestos a seguir.

La realidad es que no todo el mundo podría ser transformista. Se necesita ser valiente y tener una piel dura para aguantar la discriminación más cruda, tanto en Puerto Rico, como país, y hasta entre nosotros mismos, como comunidad. La equidad a la que aspiramos no es una cuestión únicamente de gays y lesbianas, sino también de la vasta diversidad de maneras de ser y de las otras letras que tanto nos cansamos de repetir.

Nadie podría identificarse como solidario o aliado de nuestra comunidad sin antes comprender que nuestra lucha pretende la transformación de la sociedad, y eso no es otra cosa que acabar con las normativas sociales que nos limitan como seres humanos.