Los tiquismiquis

Lea la columna de opinión de Dennise Pérez.

Los tiquismiquis

Los tiquismiquis siempre me han hecho pensar. Siempre me debato entre cogerles pena o que me den risa, no risa de burla, sino risa sonsa llegando a respeto. Me inclino por lo segundo, por el respeto, porque hay que ser bien disciplinado para ser tiquismiquis.

Estoy repasándome como persona para saber si caigo en ese grupo, pero parece que no. No logro identificar una manía mía del tipo tiquismiquis. Pero antes estudiemos la definición. Tiquismiquis, “dícese de la persona cuyos gustos, costumbres o manías no aceptan —casi a nivel de asco—  lo llamado norma por parecerle desagradable, incómodo o ajeno a su naturaleza”.

Eso no nace de ningún diccionario, sino de mi opinión, que por definición es subjetiva y atada exclusivamente a mi experiencia. Basándome en mi opinión, no soy tiquismiquis.

No tengo requerimientos raros a la hora de comer, por ejemplo. Y créanme que desearía tenerlos.  Es como cuando me preguntan si soy alérgica a algún alimento. Yo quisiera y se lo he dicho a cocineros y a meseros. Porque, como no tengo la disciplina de aguantar la boca por voluntad propia, pues quizás estaría en mejor forma si alguna alergia no me permitiera comer harinas, maní o mariscos. Sería ideal ser alérgica a la pizza, por ejemplo. Cincuenta libras menos. Yo quisiera ser tan tiquismiquis como para no comer pizza porque tengo intolerancia a algún ingrediente, pero no. Dado que no tengo alergias a las pizzas ni a ninguno de sus posibles ingredientes, nunca seré flaca.

Una no tiquismiquis resignada a ser gorda. BOOM!

Como me descarto a mí misma miro a mi alrededor y me encuentro con un tiquismiquis inmediato. Ese es mi hijo. Este chico es tiquis. No come mariscos si le dices que es marisco; lava su vaso varias veces antes de tomar y, si tiene algún olor ajeno a agua de Carraízo, descarta el vaso; no come bordes del pan, por lo que los sándwiches de mezcla de su madre son verdaderas obras artesanales y ejercicios de paciencia, y rechaza el queso —con excepción del que contenga la pizza—, pizza a la cual le eliminará los bordes.

Y volvemos a mi punto de la pizza. Me encantaría ser tan tiquismiquis como para no comerme el borde, pero ¿qué es una pizza sin bordeeeeeeeee? ¡Pan con salsa! No way.

Hay otros tiquismiquis. Por ejemplo, tengo una hermana que, cuando se va a la cama, se sacude tanto los pies que parece que está haciéndose pedicura. Dizque necesita saber que su cama está absolutamente limpia antes de acostarse. No es que yo viva con los pies sucios, pero a la hora de dormir no me acuerdo de los pies. Me acuesto y asumo que todo está limpio. ¡Total, que mis dos perros duermen conmigo! El colmo sería acordarme de mis pies.

¿Y por qué digo que hay que ser disciplinado para ser tiquismiquis? Porque no es que no comer bordes de pan o de pizza o de queso, o no sacudirse los pies, van a provocar su muerte ni inmediata ni a largo plazo.  Es que no pueden vivir en paz mental si lo hacen.

Otro ejemplo, si yo voy al baño, mío o ajeno, yo miro el inodoro y la tapa… y los alrededores más cercanos. Sin mucho pensamiento. En mi mente, si me toma muchísimo decidir eso, ya soy tiquismiquis.  Y si no me gusta lo que veo, cambio de baño, o, si es en casa, lo arreglo. (No ser tiquismiquis no significa ser puerco). Conozco tiquismiquis que no. Si ven una gotita, aunque sea producto del “flusheo” en el inodoro, prefieren aguantarse encima. ¿Gotita? ¿Vejiga? ¿Gotita? ¿Vejiga? Yo elijo la vejiga. Si con orinar en cuclillas tengo…

Quizás el análisis debe ser consciente versus inconsciente. Y yo ahí siempre le voy a ir a la conciencia, esa que tienen los tiquismiquis… Flacos, ordenados, con vejigas reventadas, pero conscientes.