Intenso golpe a P.R. tras ataque mortal en Orlando

Sobreviviente. Un puertorriqueño narró a Metro su experiencia en la discoteca Pulse, y cómo salió del lugar una hora antes de la matanza.

Por David Cordero @David_cmercado
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Cerca de las 11:15 de la noche del sábado, Antonio Rafael Pi llegó hasta la discoteca Pulse en Orlando junto a tres amigos, todos puertorriqueños. Era su última noche de vacaciones en la reconocida ciudad de la Florida y, como cualquier cierre de jornada vacacional, había planificado pasarla bien entre amigos, en busca de una noche inolvidable.

Jamás pensó el ponceño que esos recuerdos se verían marcados por una tragedia, de esas que muchos piensan que jamás vivirán. “Yo estaba antojado de salir a una discoteca, y mis amigos allá como que no querían ir y yo en mi afán, pues… finalmente dijeron que sí”, relató a Metro el puertorriqueño, de 37 años. Aún así, antes de entrar lo pensaron. La entrada gratis era hasta los 11:00 p. m., pero aún así decidieron quedarse.

“Entrabas (a la discoteca) y había una cortinita. Luego se dividía entre izquierda y derecha. A la izquierda había una barra con otro tipo de música, donde había gogo dancers, había tanto varones como mujeres. Para el otro lado, que conectaba por dos partes diferentes, estaba la pista de baile que tenía tarima y acceso a una barra, esa área es bastante grande. Tenía una parte de patio para la gente que fuma, había BBQ y esa parte estaba bien llena también. Era como decir una casa, que está dividida en cuartos”, describió Antonio Rafael, añadiendo que le llamó la atención que, a diferencia de muchos centros nocturnos, allí no hubo registros de armas en la entrada del lugar.

Pulse es una reconocida discoteca gay ubicada en el centro de Orlando. El domingo en la madrugada, un hombre musulmán identificado como Omar Mateen, entró al club nocturno armado con un rifle AR-15 semi-automático y cobró la vida de al menos 49 personas. Otros 53 presentes en el lugar resultaron heridas. El atacante también murió en un intercambio de tiros con la Policía.

Antonio había conocido a Jonathan Camuy –uno de las víctimas fatales– dos años atrás. “Habíamos planificado encontrarnos y no se nos había dado”, dijo el boricua, añadiendo que finalmente se encontraron por casualidad esa noche en la discoteca. “Fue gracioso porque estábamos vestidos iguales ese día y yo le digo ‘wow m’ijo, no me avisaste’. Hablamos un rato”. Allí también pudo a saludar a Xavier Emmanuel Serrano –otras de las víctimas fatales–, sin sospechar que sería uno de los últimos en extender su mano con el hoy fallecido.

Pasada la media noche la música y el ambiente se puso mejor. “La pasamos súper bien, todo súper cool, todo estaba en orden”. Pese a la algarabía, alrededor de la 1:00 de la madrugada, los amigos de Antonio insistieron en salir de la discoteca.

“Yo decía que nos quedáramos un rato más, porque yo soy este tipo de persona que me gusta quedarme hasta que cierran. […] Estaba bastante llena (la discoteca), yo no me quería ir porque yo decía, ‘ahora es que se puso bueno”, relató, añadiendo que finalmente accedió y salieron del lugar.

“Yo que siempre soy como antojado’ esta vez accedí tranquilo y tuvo una razón de ser. Cuando me desperté por la mañana vi mi celular cargado de mensajes y me llamaron en ese preciso momento, me dieron la noticia. Me quedé en shock, asimilé la noticia poco a poco y no lo creía. Saber que por una hora estoy a salvo, estoy bien agradecido de Dios y de mis amigos que me insistieron, porque si no me hubiese quedado allí”, dijo a Metro. 

¿Crimen de odio o ataque terrorista?

Antonio regresó a Puerto Rico el mismo domingo, aunque muchos no corrieron con la misma dicha. Hoy comparte el dolor junto a decenas de familias y un pueblo puertorriqueño que ha sufrido de cerca la pérdida de 22 compatriotas, en lo que navega entre la clasificación de ataque terrorista y crimen de odio hacia la comunidad Lésbica, Gay, Bisexual, Transexual y Transgénero (LGBTT).

“Políticos conservadores han catalogado esto como un ataque terrorista, que de hecho lo es. Sin embargo, esa es la única categorización que le ponen, ni siquiera utilizan el término crimen de odio y esa invisivilización está patente en el debate”, dijo a Metro el profesor José Rivera, analista político internacional, añadiendo que en el debate también hay que considerar “algunos elementos dentro del conservadurismo religioso, donde hay un odio visceral y virulento hacia la comunidad LGBTT. Los fundamentalistas son fundamentalistas, independientemente de si son islámicos o cristianos”, añadió.

De acuerdo a una publicación del Washington Post, desde el 1991 se han reportado al Negociado de Investigaciones Federal (FBI, por sus siglas en inglés), más de 100 mil crímenes de odio. En zonas como Medio Oriente y algunas partes de África, las personas homosexuales son uno de los principales blancos de ataque por parte de extremistas islámicos, como los miembros del grupo terrorista Estado Islámico.

“No me parece raro dentro del marco ideológico del conservadurismo religioso, porque eso es igual tanto en el cristianismo como en el islam, en donde se ve a la comunidad LGBTT como una desviación de la norma religiosa”, expresó a Metro la doctora Mayra Vélez, experta en relaciones internacionales. 
De hecho, Seddique Mir Mateen, padre del atacante, dijo a los medios que había comenzado a ver en su hijo algunas señales de homofobia a la comunidad LGBTT.

“Así que ya se veía venir una tendencia de odio hacia esta comunidad y básicamente lo que lo hizo actuar fue continuar con el proceso de radicalización”, explicó Vélez, añadiendo que ese sentir hacia la comunidad antecede cualquier lazo con algún grupo terrorista, de modo que, a su juicio, los actos perpetuados en Orlando, son también un crimen de odio.

“Llegó un punto en el que probablemente decidió terminar su vida y utilizar sus prejuicios exacerbados en contra de la comunidad LGBTT. Su salida al mundo implicó hacer una declaración solemne en el 911 jurando lealtad al Estado Islámico y agarrar un rifle automático, entrar a una discoteca y llevarse consigo alrededor de 50 vidas”, apuntó, por su parte, el profesor Rivera. 

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