7 cosas que te sucedieron si fuiste en carro público de Mayagüez a San Juan

Por Metro.PR

Estar a pie no brega, pero todos alguna vez hemos tenido que pasar por esa situación. Aunque Puerto Rico es una isla pequeña donde las distancias son relativamente cortas y el transporte colectivo se supone que funcione, esto no es así. Coger carro público de Mayagüez a San Juan puede ser una de los momentos más retantes en la vida de un boricua. Desde el calor infernal hasta vivir en carne propia lo que siente estar en una lata de salchichas, te decimos siete cosas que suceden cuando estás a pie y optas por la pisa y corre.

1. El chofer no se va hasta que tenga la guagua llena

Llegaste con tus motetes y estás ready para casi tres horas de camino en unas carreteras “tan suaves” que parecen alfombras. Ya hiciste el ejercicio de respiración para encontrar la paciencia que necesitas para el brincoteo de los hoyos, y cuando le pagas al chofer, tomas tu asiento y crees que la guagua va a arrancar pronto… pero el conductor te dice “ya mismito nos vamos”, y ese “ya mismito” se convierte en dos horas de espera.

2. La señora que toma posesión de la esquina de la butaca

En cada carro público siempre hay una doña que se aferra a la esquina del asiento, y siempre, SIEMPRE es la última en bajarse. La señora te mira tranquilamente sin moverse mientras tú al subirte (y bajarte) tienes que básicamente hacer malabares para no rozarla o darle con tu bulto o cartera. Cuando te logras salir del vehículo con la espalda y cintura adolorida, la señora te despide con un “nene, por poco me das”.

3. La persona que va hablando (casi gritando) todo el camino por el celular

Siempre hay una persona que cree que al resto de los pasajeros les importa su conversación, y van todo el camino: “no, Franchesca, yo te dije que ese tipo no vale la pena. Cuando yo me enteré que te hizo la pachot’a tres veces, yo sabía que ese desgracia’o no va a cambiar”. Y ahí estás tú una vez más: inhalando y exhalando, pensando en paisajes que te den paz, recordando la risa de un bebé, buscando tu armonía. De repente escuchas “¿yo te conté lo que me texteó borracho? ¿No? Pues me dijo”…. y cuando el chisme está en su apogeo, la persona se baja del carro dejándote con las ganas.

4. Las conversaciones incómodas con desconocidos

Tú esperas ir ese viaje en silencio, prestándole atención a Facebook o escuchando Spotify tranquilamente, pero esto nunca ocurre. No importa si tienes audífonos, siempre hay alguien que quiere montarte conversación. Para que se dé cuenta, te limitas a afirmar con la cabeza, sin mover los labios para nada, pero eso a la otra persona no le importa y continúa con el monólogo. Cuando te cuenta sobre toda su familia, su vida amorosa, sus viajes, los problemas del país y hasta del último video de La Vampy, te hace una última pregunta: “¿y tú? ¿Tienes novio/a?”

5. La combinación de olores

El carro público guarda una serie de olores peculiares, es como si todo el que se sienta deja su aroma corporal allí para siempre. El sudor se mezcla con los diferentes perfumes de los pasajeros (que van desde la colonia dulce hasta el alcoholado del doncito), y si estás en el medio de los pasajeros, no hay escapatoria. Si el infierno tiene algún hedor particular, ese que se siente en el carro público es lo más cercano.

6. El tipo que se queda dormido

Tienes calor, hambre, te estás quedando sin batería y todavía falta una hora de camino.  Nada te puede ir peor… hasta que te fijas que a tu lado está un caballero durmiendo plácidamente. Comienzas a envidiar la capacidad que tiene ese ser humano para dormir en condiciones “infrahumanas” y sintiendo los hoyos de la carretera a cada rato. En uno de esos boquetes, el carro brinca y la cabeza de la persona cae en tu hombro. Tratas de escapar de la situación, pero nada puedes hacer. Y cuando te resignas a que la persona tenga su siesta contigo como almohada, comienza a roncar.

7. La felicidad cuando alguien finalmente se baja

No hay sensación más liberadora que cuando alguien se baja del carro público. Incluso, hasta entra una suave brisa que te da esperanza y te susurra al oído: “resiste, ya falta poco”. Puedes estirarte un poquito, y por estirarte significa echar los brazos hacia el lado sin rozar a alguien… pero la felicidad te dura poco, porque cuando crees que ya te acercas a tu destino, escuchar un ruido raro. El chofer se baja, se rasca la cabeza y les da una nueva noticia: se explotó una goma.

La verdad es que si realmente quieres liberarte de todas estas situaciones, lo mejor es buscar las opciones para no estar a pie.

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