Columna de Rafael “Tatito” Hernández: S Mayúscula

#PRVota. Durante todo el año electoral, este espacio estará abierto los viernes para opiniones de diferentes sectores políticos. Todos han sido invitados a participar.

Por Rafael "Tatito" Hernández

Después de congelarnos hasta los huesos varias horas en la fila de espera bajo la sombra helada de la estructura de mármol del Tribunal Supremo federal, solo  tomó varios minutos escuchar el bochornoso alegato del abogado que representaba al Gobierno de Puerto Rico en la vista oral del caso Sánchez Valle para calentar nuestro ser con el fuego de la indignación. La explicación fue sencilla y dolorosa: la relación de Puerto Rico y los Estados Unidos es única, pero su soberanía es con s minúscula.

Decepcionante el doble discurso de mi propio partido, que por 64 años dice una cosa en la isla y dice otra en Washington D. C.

Siempre es bueno y positivo estar consciente de la cruda realidad para poder contemplar las verdaderas alternativas. En los primeros seis meses de 2016, los tres poderes del Gobierno federal se han alineado para notificarles a los que tenían duda, y me incluyo, que la isla de Puerto Rico sencillamente es una colonia de los Estados Unidos. Desde el punto de vista técnico, las constituciones establecen los límites del poder delegado al Gobierno por sus ciudadanos, la prioridad de la gente y el modelo estructural del mismo, en nuestro caso, uno republicano. Debo aclarar que esos elementos de nuestra Constitución no tienen problema. Donde está la falla es que los pueblos se constituyen cuando alcanzan su soberanía, la que no tenemos.

Es precisamente esa s minúscula, esa relación única y no tradicional, la que causa que el mundo entero no respete nuestra realidad política. Es imprescindible entender que hay solo dos maneras consistentes en las historia de todos los países y estados federados para alcanzar la soberanía, en la mayoría de las veces derramando la sangre de sus hijos bajo plomo y el temple del acero de una revolución bélica o desarrollando económicamente un territorio hasta poder alcanzar su autonomía bajo una revolución económica. Nuestra historia es clara, y en 1952 escogimos el camino de la revolución económica, pero nuestro rotundo éxito nubló el verdadero propósito de nuestra revolución, la autosuficiencia de nuestro pueblo con dignidad y orgullo patrio.

Se ha cerrado ese primer ciclo de 64 años hacia la dignidad de nuestro pueblo regresando al punto de comienzo, y con mucho temple debemos retomar nuestro rumbo, todos juntos: los independentistas, autonomistas y estadistas. Esta agenda no priva a ningún puertorriqueño de alcanzar su ideal. Por el contrario, se adelanta y solo centra el debate de cómo, en igualdad de tú a tú, decidiremos nuestro futuro. Las tres alternativas son claras: unirnos con dignidad como hizo la República de Texas a la federación, realizar un verdadero pacto fuera de los poderes plenarios del Congreso federal en asociación con los Estados Unidos o nos independizamos totalmente.

El arte de ser exitoso en un parlamento es la capacidad para mediar, y, para lograr negociar de buena fe, se tiene que hacer desde un punto de poder en igualdad de condiciones entre las partes. Si una de las dos partes es más débil que la otra, no es negociación, sino rendición o petición. Nos toca a todos colocarnos en una posición de poder, salir de la s minúscula y de esta relación única e indigna en nuestra primera batalla contra la antidemocrática junta de control fiscal. No en negación, sino reinventándonos, tomando las decisiones difíciles y ajustando la operación del Gobierno a la realidad económica de hoy con coraje y gallardía. Se debe renegociar la deuda pública, una a una con la frente en alto, y forjar un ejército empresarial para la guerra económica, ocupando nuestro mercado e invadiendo con agresividad y sin cuartel el de nuestros competidores. Estamos listos. Estos 64 años no fueron en vano. Estamos en mejor posición que la primera vez en 1952 y lo único que tenemos que hacer es reconocer nuestra capacidad y potencial para alcanzar la S mayúscula.

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