Columna de Juan Dalmau: Momento de valientes

#PRVota. Durante todo el año electoral, este espacio estará abierto los viernes para opiniones de diferentes sectores políticos. Todos han sido invitados a participar.

Por Juan Dalmau Ramírez

La profunda crisis por la que atraviesa Puerto Rico luego de diez años de contracción económica sostenida y la crisis fiscal imperante ponen de manifiesto la bancarrota económica y política del régimen colonial prevaleciente.

La imposición humillante y dañina de la junta de control fiscal federal es un síntoma del problema de fondo, el problema de subordinación política y antidemocrático del ELA. La calentura no está en la sábana; el problema real es la colonia.

Durante la primera mitad del siglo pasado, voces de todo el espectro político anticipaban la actitud desafiante a asumir ante el imperialismo estadounidense. En 1904, cuando el Partido Unión añadió la independencia en su programa de gobierno, Luis Muñoz Rivera —autonomista— dijo: “Un acto enérgico acaba de abrir más espacio en la conciencia [de Estados Unidos] que tres años de cortesías infantiles y vejatorias”.

Más tarde, Celso Barbosa —anexionista— expresó: “Yo tengo que decir que, si yo supiera que Puerto Rico habría de ser una colonia permanente, yo, aunque tiraran cañones, seguiría protestando y protestando moriría”. La línea en la arena fue trazada por el maestro, don Pedro Albizu Campos: “Está sobre el tapete la suprema definición: o yanquis o puertorriqueños”.

Contrario a la actitud desafiante de entonces, la clase gobernante actual ha reaccionado ante la crisis con pleitesía y docilidad: desde la humillación bipartidista del ruego popular y penepé en una rogativa colonial por los pasillos congresionales pidiendo “una limosnita por el amor de Dios” hasta el rol de bufones de la Corte ante el carnaval neoanexionista de las primarias presidenciales de la presidencia estadounidense en la colonia.

Luego de haber repudiado valiente y contundentemente la continuación del régimen colonial en la consulta de noviembre de 2012, el pueblo de Puerto Rico observa con vergüenza semejante espectáculo. Afortunadamente, no hay mal que dure cien años ni colonia que lo resista.

Las Naciones Unidas y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños han expresado su apoyo a la descolonización e independencia de Puerto Rico. Y, tan recientemente como la semana pasada, la Conferencia Permanente de Partidos Políticos para la América Latina, hizo un llamado al presidente y al Congreso de EE. UU. a que descarguen sus obligaciones descolonizadoras para que el pueblo de Puerto Rico ejerza plenamente su derecho inalienable a la libre determinación e independencia.

El paso digno en estos momentos es que la mayoría PPD en la Asamblea Legislativa repudie el agravio colonial, haga una exigencia a los Estados Unidos a asumir su responsabilidad descolonizadora y desde Puerto Rico legislar sin dilación para convocar una asamblea de estatus. El mapa está trazado. No actuar sería servir de verdugos del Congreso contra nuestro pueblo. Es momento de valientes,
no temblones.

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