Columna de Armando Valdés: Todo tiene su final

Por Armando Valdés @armandovaldes

Si algo nos ha demostrado la historia es que nada dura para siempre. Roma llegó a dominar el mundo mediterráneo por cerca de un milenio, y hoy existe solo como una reliquia de glorias pasadas. En comparación, la historia de EE. UU. sería apenas una nota al calce en la del gran imperio de la Antigüedad.

Lo que es ser un estado dentro de la unión estadounidense ha cambiado también. Previo a la guerra civil, los estados gozaban de mayor autonomía. Con la era de la reconstrucción, el Gobierno federal asumió grandes poderes sobre los estados, para luego retroceder nuevamente hasta el advenimiento del Nuevo Trato.

De igual forma, lo que es ser una nación independiente ha cambiado con el pasar de los años. Ningún país miembro de la Unión Europea es hoy soberano en el mismo grado de lo que era previo a la formación de esa agrupación multinacional.

Es por ello que para mí no representaba una agonía filosófica el que el ELA pudiera cambiar, y que, en efecto, no fuera permanente. Con el pasar de los años, todo naturalmente cambia, decae o llega a su final: el ELA, la estadidad, la independencia.

El error que cometimos los populares, desde la época de Muñoz Marín, fue precisamente pretender imponerle el calificativo de “permanencia” a nuestra relación con EE. UU. Caímos en un peligroso ejercicio intelectual y legalista que, junto con la agenda destructiva del PNP, logró convencer al puertorriqueño y al americano de que, si el ELA no era una fórmula perfecta y perpetua, era la cúspide de la indignidad.

Esta percepción en Washington no siempre fue así. Entre 1990 y 1991, el senador Bennet Johnston promovió un proceso, con el aval y apoyo de Carlos Romero Barceló, Rubén Berríos y Rafael Hernández Colón, para autorizar a nivel federal un referéndum sobre el futuro político de Puerto Rico. Entre las alternativas estaba un ELA mejorado, un reconocimiento implícito no tan solo de la legitimidad política y legal del estatus, sino de su potencial inherente para ser llevado a nuevos extremos. Dicho proceso, lamentablemente, no llegó a término por diferencias entre las dos Cámaras federales, y, desde entonces, no ha sido posible articular consenso similar en Puerto Rico.

Con la mera presentación del proyecto de ley para crear la junta de control fiscal, se culminó finalmente el proceso de desarticular las bases del ELA. ¿Qué significa esto para el futuro de Puerto Rico? Dependerá de muchos factores.

La anexión es una imposibilidad. Pedro Pierluisi lleva todo este tiempo en Washington —ya ocho años— explicándoles a sus homólogos de los cincuenta estados que la anexión de Puerto Rico es la solución a los problemas que aquejan al ELA. A pesar de esto, la solución de los americanos, lejos de acercarnos más a la federación, nos aliena, tratándonos, ahora sí, de aprobarse la junta, como una colonia pura y dura. En otras palabras, tan poco nos quieren que están dispuestos a regresar al estado de derecho previo al ELA como solución a la crisis con tal de no tener que siquiera discutir la alternativa de admitirnos a su club exclusivo.

La independencia, por otro lado, no goza del apoyo —siendo generoso— ni de un 10 % de la población. ¿Cómo, entonces, lograr su adopción? ¿Por imposición del Congreso? Supongo que la aprobación de una junta sería prueba de que el Congreso está dispuesto a cualquier cosa, pero me sospecho que ninguno de los dos partidos en EE. UU. querrá promover tal desenlace cuando un millón de puertorriqueños viven ahora en el estado que desde principios de siglo viene decidiendo quién ocupará la Casa Blanca. Porque, si bien a los boricuas de la Florida quizás no les importe la imposición de una junta, si les importará que sus madres y padres, hermanos y hermanas, tíos y tías, de repente sean ciudadanos de un país extranjero por virtud de una decisión unilateral del Congreso.

Ahora, descompuesto el ELA, les toca a los autores de su destrucción el turno de construir. Cuando fallen, tendremos entonces, esta generación de autonomistas y puertorriqueñistas, que articular un nuevo camino.

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