Opinión: No más acoso religioso

Por Rafael Morales @RafaelMoralesPR

“Podemos tener un mundo libre de sida si ejecutamos a los gays”.

Cualquiera podría atribuir esa insólita expresión a algún ignorante/homofóbico en medio de la crisis causada por la enfermedad en las décadas de los 80 y los 90.

Sin embargo, la cita corresponde a Steven Anderson, un estadounidense que “pastorea” una congregación fundamentalista en Tempe, Arizona. Anderson pronunció el sermón el pasado 30 de noviembre.

En Chile, un ministro acosa en plena calle a un defensor de los derechos humanos. Con la Biblia en mano, el religioso persigue al activista y le recrimina una y otra vez su sexualidad. Luis Larrain, presidente de la organización Iguales Chile, demuestra un alto grado de paciencia durante el ataque. No es hasta que aparece un policía que el incidente de acoso, ocurrido el pasado fin de semana, finaliza.

Aunque quiero pensar que la posición extrema de estos “religiosos” no es la norma, sí es un recordatorio de que hay personas que, cegadas por sus prejuicios, se empeñan en llevar un mensaje de odio y violencia contra la comunidad LGBTT. Y lo peor, lo hacen en nombre de Dios, de Jesucristo. El mensaje de amor se convierte en un grito amenazante.

En Puerto Rico no hemos visto ese tipo de manifestación, al menos públicamente. Lo que sí vemos continuamente son los mensajes de miembros de varias iglesias que promueven el discrimen —y la condena— de quienes no son heterosexuales. Porque, aunque estos religiosos aseguran una y otra vez que “aman” a todos los seres humanos, con igual insistencia nos discriminan.

Pero no solo nos cierran sus templos (no es que yo desee formar parte de una congregación donde se promueve el discrimen) en la insisten en violentar la separación de iglesia y estado, cabildeando en contra de todo esfuerzo por brindar igualdad de derechos a la comunidad gay, lésbica, bisexual, transexual y transgénero.

Está claro que muchos líderes “cristianos” están obsesionados con la comunidad LGBTT. Esa obsesión podría estar fundamentada en un prejuicio que a su vez es producto del temor y desconocimiento. Lamentablemente, ese prejuicio es transmitido a la feligresía que, como rebaño que no cuestiona, acepta sin miramientos lo que escucha.

Ese discurso es el que obliga a tantas personas a permanecer en el clóset, temerosos del rechazo. Es el que provoca que padres y madres rechacen a sus hijos e hijas al darle más importancia a lo que dice el pastor que a su propio instinto protector. Son demasiadas las historias de adolescentes que terminan en la calle, o peor, a consecuencia del discrimen religioso.

A los 12 años, Ryan Robertson, de Redmond, Washington, reveló a su familia que era gay. Sus padres, “devotos cristianos”, comenzaron de inmediato una campaña para tratar de “curar” a su hijo. Ryan fue sometido a años de terapias y reuniones semanales con un pastor. A los 20 años, Ryan murió a consecuencia de una sobredosis de drogas. Hoy, su madre reconoce que es en parte responsable de la muerte de su hijo. Junto a su esposo, se dedica ahora a ayudar a padres y madres de hijos gays.

La persecución religiosa en pleno siglo XXI es insostenible. No cumplir con los parámetros de heterosexualidad de una mayoría no significa que se tenga menos valor como ser humano. Todos y todas somos iguales. La interpretación a conveniencia de algunos pasajes bíblicos no cambia ese hecho.

El bullying religioso tiene que terminar.
 

Parte del sermón violento del “pastor” Steven Anderson:

Vídeo del acoso de un pastor a un defensor de derechos humanos en Chile:

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