Por: Janice Betancourt

Nunca había pisado un parque de pelotas de Grandes Ligas. Muchas veces me lo había propuesto, pero por asuntos ajenos a mi voluntad no se me había dado. Dice el refrán que uno propone y Dios dispone… fue así como de un un día para otro se me dio la oportunidad —no de ir a uno, sino a dos juegos de Grandes Ligas— gracias a una invitación familiar. Así, sin más ni menos llegué a la Serie Mundial, y allí estaba, en el histórico Wrigley Field que no veía una serie mundial hacía 71 años… y allí estaba yo en la casa de los Cubs de Chicago para presenciar dos juegos ante los Indios de Cleveland. Compartir con la familia esa experiencia fue espectacular y emotiva desde el día uno.

Aterricé en la ciudad de los vientos el mismo viernes por la noche. Sin encomendarme a nadie, fui directo al segundo parque más antiguo de las Grandes Ligas. Llegué en la octava entrada del juego a eso de las once de la noche, pero como en béisbol el juego no se acaba hasta que termina, justo en el momento que me estaba sentando, los Indios de Cleveland anotaron una solitaria carrera que los llevó al triunfo en la casa del trompo.

Era un momento histórico, la primera carrera de Serie Mundial en el Wrigley Field luego de la maldición de la cabra, y así se respiraba allí dentro. Unas 41,700 almas se disfrutaban el momento aún ante la tensión natural del juego.

Al día siguiente tuve oportunidad de caminar por las calles de Chicago y apreciar las bellezas de la ciudad, que se distingue por su arquitectura. Esa noche montada en un autobús pude apreciar a miles de personas caminando hacia el parque para apoyar a sus equipos. En cada esquina de Chicago se respiraba béisbol.

Ahora voy rumbo a Cleveleand, una ciudad a la que el deporte le ha devuelto la ilusión. Ya les contaré de las próximas entradas e historias de esta Serie Mundial en la que tres de los nuestros luchan por alcanzar la gloria del triunfo deportivo.

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