Esperando a María

Columna de Dennise Y. Pérez

Por Dennise Pérez

Es difícil explicar lo que siente un periodista o un comunicador social cuando se acerca la cobertura de un fenómeno atmosférico, de esos predecibles, como lo es una tormenta o un huracán. La imprecisión de los modelos metereológicos, unido a los diferentes estilos que tienen los meteorólogos de llevarnos la información, más los milagros de Dios, hacen que uno nunca sepa bien qué va a pasar.

 

De manera que tan pronto surge la alarma generalizada comienzan los procesos de preparar cobertura, de activar planes de contingencia o de llevar la información desde el lado del gobierno hacia el público. No importa desde que lado uno esté, la ansiedad es mucha.

 

Me inauguré como reportera cubriendo un par de eventos naturales y hasta recuerdo que mi primera portada en el periódico El Mundo tuvo que ver con el paso de Georges por Puerto Rico. Así fue que conocí Ingenio en Toa Baja y Villa Sin Miedo en Canóvanas. Cubriendo el post huracán, niños embarrados y con el pamper echo cantos, techos y neveras destruidas, casas voladas en cantos. Fue la primera vez que me monté también en helicópteros, sobrevolando áreas destruidas junto a funcionarios de FEMA, o de la Cruz Roja, o del ARMY o del gobernador de turno, en ese momento, Pedro Rosselló.

Antes de eso había pernoctado varios días en el centro de mando, que en ese momento dirigía Pedro Toledo como Superintendente de la Policía. En varias instancias de esa cobertura el edificio se movió por la intensidad de los vientos y todos nos mirábamos como diciendo, “no, no, no está pasando”, pero estaba pasando. Y recuerdo que en un momento Pedro Rosselló nos miró impávido como sólo él solía hacer y nos dijo “¿todo bien?”. Ehh, sí, casi todo. Y no existían memes pa’ bajar la ansiedad.

 

La gente ve estas conferencias de prensa en sus casas y piensa que son fáciles para todos los que están ahí. Asumen que todos tienen que estar de todas maneras y hasta se dan el lujo de quejarse de preguntas que consideran tontas e improcedentes. Hay de todo en la viña del Señor, sin duda, pero si algo me ha quedado claro con los años es que esas conferencias son un dolor de cabeza en términos de preparación y una carga emocional tremenda para mucha gente.

 

Lo que se dice ahí se convierte prácticamente en palabra de Dios, salvo en algunas ocasiones en que el gobernante no inspiraba confianza ni aunque rezara el Padre Nuestro. Es prácticamente la única manera que existe de informarse con relativa precisión, de manera que se puedan tomar medidas que literalmente salvan vidas.

 

Hoy estaba en una de esas conferencias, desde el lado de portavoz de agencia gubernamental. Cada vez que decían la palabra “catastrófica” o “devastador” a mí el corazón se me quería salir. No por temerosa, sino porque me dieron flashbacks de mis años de reportera en los que tras decir esas palabras, sólo restaba cubrir eso, la catástrofe, la devastación, los toldos azules, los niños en pámpers sucios y los ancianos con las miradas perdidas. Esas son las imágenes que uno teme, que uno sufre. Usted de seguro lo ve en la casa y lo sufre, pero uno lo sufre ahí de frente. Y usted ve la conferencia de prensa en su casa y se asusta, pero de seguro ya está bastante preparado para enfrentar la emergencia. A mí nunca un huracán me cogió con un quinqué, y las pocas veces que llegué a comprar alguito, gracias a Dios, no vino.

 

Irma hizo daños en la Isla, pero no azotó directamente. María parece que no nos va a tratar igual. Y eso me tiene ansiosa. Tengo marido, hijo, mascotas. Mis padres aún no se han recuperado de Irma y ya esta viene con inoportuno paso. El desarreglo económico que hemos hecho miles de familias, casi sin poder, es otro tema del que pocos hablan. Hace unos días, en broma pero casi en serio, decía que un huracán más y me abría un gofund y un centro de acopio, pa’ mí.

 

Haga daños o no, comenzará irremediablemente la discusión de si Dios nos bendijo o no. Si nos parte por la mitad, surgirán los incrédulos a cuestionar a los creyentes y si surge un milagro, se lo atribuirán a que Dios es boricua, como Culson cuando no llega segundo. Somos gente extraña.

 

En 1998 Georges llegó a Puerto Rico categoría 3 y provocó pérdidas que sobrepasaron los $2billlones. María cambia de categoría 5 a 4 como le da la gana y sabrá Dios cómo llega y cuál será su impacto. Es para tener miedo.

 

Con la mayor parte de mi casa desmantelada esperando a María, me queda pedirles prudencia, comprensión por los que trabajan obligatoriamente durante la emergencia y que cuando el viento azote, vayamos ya pensando en cómo nos levantaremos. Usted no tiene que estar de acuerdo conmigo pero no hay fuerza más poderosa que la fe. ¡Qué Dios nos bendiga!

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