San Juan: ciudad comprometida con sus viejos

El municipio de San Juan tiene un programa exitoso de coordinadores de salud en las comunidades, y una veintena de empleados ofrecen servicios al hogar.

Por Armando Valdés

Hace poco más de un año, luego del paso del huracán María, me conté entre los afortunados. Fuera de las vicisitudes que pasamos todos con el colapso del sistema eléctrico y componentes importantes de nuestra economía, como el comercio al detal, las telecomunicaciones y la banca, mi familia no había sufrido pérdidas directas. Mi esposa, entonces embarazada, estaba bien, al igual que mi madre y mis suegros. Mi hogar, fuera de algunos daños menores, era habitable. Ante esa realidad, como muchos otros —particularmente los jóvenes de nuestro país— me sentí convocado a servir.

Como voluntario, me acerqué al municipio de San Juan y a su alcaldesa para hacer lo que hubiera que hacer. Junto al representante y amigo, Luis Vega Ramos, coordinamos los esfuerzos de un grupo de más de 50 voluntarios que, durante los dos meses siguientes a la catástrofe, visitamos 65 égidas y hogares de envejecientes a través de toda la ciudad capital. Lo que vi en ese recorrido me marcó, y si bien lamento no haber podido hacer más, estoy convencido de que, como sociedad, tenemos que atender el problema de la pobreza en la tercera edad.

De entrada, tenemos que entender los distintos contextos en los que viven nuestros viejos a través de todo Puerto Rico. Primero, está el residente de una égida. Por lo general, su renta es subsidiada, dados sus bajos ingresos, pero puede vivir de manera independiente en su hogar. La realidad pos-María, sin embargo, complicó sobremanera su diario vivir. En una égida, un señor de más de 80 años me pidió, cinco días después del huracán, que lo llevara a un refugio. No entendía, en ese momento, que una persona de edad avanzada, en un edificio sin servicio eléctrico y sin ascensores, no podía sobrevivir en un apartamento en un noveno piso. ¿Cómo habría de bajar y subir todas esas escaleras para llegar hasta un mercado en el que, con toda probabilidad, no podría adquirir con qué alimentarse? Al concluir nuestra labor ese día, lo monté en mi carro y lo llevé hasta el refugio que el municipio había habilitado en el Pedrín Zorrilla.

Para el residente de la égida, hace falta que el municipio requiera planes de contingencia para situaciones en las que la vida de estos viejos se vea afectada por situaciones de emergencia. Si bien el modelo de la égida requiere la independencia de sus residentes, igual es necesario reconocer que esta población es más vulnerable ante las dificultades que implica el adaptarse a situaciones imprevistas. El cumplimiento estricto de códigos de construcción y de calidad de vida debe ser la orden del día para asegurar que esta población esté atendida, al igual que la provisión de espacios en las égidas para cocinas comunales y para el almacenamiento de medicinas, como la insulina, que requieren refrigeración.

Segundo, está el residente de un hogar de envejecientes. Por lo general, los residentes en estas instalaciones necesitan más apoyo en su cotidianidad. Y, en mi experiencia, vi que los hogares, al tener más personal de ordinario, estaban más preparados para enfrentar una contingencia. Lo que sí observé fue el pobre estado y el hacinamiento en muchos de estos hogares. Lamentablemente, nuestros viejos acaban sentados en butacas, pegadas una de la otra, en las que pasan sus días viendo televisión. El personal de estas instalaciones, dedicado y fajón, no tiene más alternativa. Es por ello que el municipio debe intervenir en lo que respecta a los permisos para estas empresas, para garantizar condiciones de salud y de vivienda que estén a la altura de lo que les debemos a las generaciones que nos anteceden.

Finalmente, están los miles y miles de viejos que viven en sus propias casas. La atención a ellos pos-huracán fue más difícil, por no decir imposible, ya que no existe un censo que sirva para dirigir la acción gubernamental. El municipio de San Juan tiene un programa exitoso de coordinadores de salud en las comunidades, y una veintena de empleados ofrecen servicios al hogar. Replicar ese modelo, y crear un cuerpo de coordinadores de servicios para la tercera edad, permitiría llegar al hogar de todas estas personas que viven de forma totalmente independiente, para proveerles servicios y atención en tiempos normales, y para responder ante cualquier emergencia. 

Sin duda, muchas de estas responsabilidades atañen al Departamento de la Familia a nivel central. Pero si bien eso es cierto, los municipios deben asumir un rol más protagónico en la atención directa a las comunidades y sus ciudadanos. Como sociedad, y también como individuos, nos mediremos a partir del compromiso que cada uno muestre ante los que más necesitan de nosotros. Comprometámonos, como ciudad y país, con nuestros viejos.

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