Opinión: Trump no tiene amigos

Lea la opinión del periodista Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

Más de una vez me he topado con aquello que reza que no recibe respeto quien no se hace respetar. Y los pasados días parecen haber sido una clara confirmación de ese mantra. Puerto Rico ha recibido del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su administración el trato propio de quien no ha exigido un trato digno ni ha mostrado confianza en sus propias instituciones. Todo lo anterior queda ejemplarizado en las más recientes expresiones públicas de Trump en las que no solo insulta a las familias puertorriqueñas aún enlutecidas tras haber perdido a alguno de los suyos a causa de María, sino que, de paso, acusa al Gobierno local de corrupción.

Desde su cuenta de Twitter, Trump quiso utilizar la falta de precisión de las autoridades locales sobre las muertes vinculadas a María para salvar su propio pellejo de las críticas sobre el desempeño de FEMA y Washington en medio de la crisis local. Y así, valiéndose del récord público de nuestros funcionarios, Trump remató a las víctimas locales poniendo en duda que lo hallan sido. “3,000 personas no murieron en los dos huracanes que azotaron a Puerto Rico. Cuando salí de la isla, después de que la tormenta hubo  golpeado, tenían entre 6 y 18 muertes. Con el paso del tiempo, no subió demasiado”.

“Luego, mucho tiempo después, comenzaron a reportar números realmente grandes, como 3,000”, lanzó Trump. Lo peor es que la puesta en duda de la tragedia de miles de hermanos y hermanas se da utilizando como “fundamento” las propias expresiones de nuestros oficiales. Y continuó. “GWU [GEORGE Washington  University] investiga para decirles cuántas personas habían muerto en Puerto Rico (¿cómo no podrían saber esto?)”.

“Este método nunca se realizó con huracanes anteriores porque otras jurisdicciones saben cuántas personas murieron. Cincuenta veces el número original – No way!”, lanzó partiendo de una premisa utilizada por el Gobierno local, pero, en definitiva, errada: ¿que el país no tenía idea —pobres incompetentes— de cuántos de los suyos murieron en medio de la tragedia. Y es que a nivel local, a pesar de que el Registro Demográfico manejó desde el comienzo una cifra de muertes por María que rondaba las dos mil personas, la Oficina de Seguridad Pública ignoró esos datos recopilados por demógrafos locales, al servicio del Gobierno, y se aferró al absurdo de 16 muertes. Una cifra que ni la comunidad científica local ni los ciudadanos creyeron a pesar de la insistencia en reiterarla.

Ahora, en momentos en que Trump se siente bajo fuego, echa mano de lo dicho por nuestras voces oficiales para asestarle un golpe al país y, de paso, irrespetar a nuestras víctimas.

La presión pública sobre el manejo de la emergencia de María y la entonces cercanía de Florence hizo, además, que el presidente estadounidense intentara “zapatearse” de la sombra de la respuesta deficiente en medio de la emergencia de Puerto Rico atacando al Gobierno local llamándole corrupto.

“La historia de Puerto Rico es la reconstrucción que ha tenido lugar. El presidente Trump ha hecho un extraordinario trabajo limpiando, levantando el sistema eléctrico y todo lo demás. La gente de Puerto Rico tiene uno de los Gobiernos más corruptos de nuestro país” dijo el comentarista de la cadena Fox Lou Dobbs. Entonces, Trump “retuiteó” la cita, en un claro endoso a las expresiones. Y lo hizo como lo hacen las criaturas acorraladas: para defenderse e intentar escapar del escrutinio mediático estadounidense que cuestionaba y sigue cuestionando sobre los detalles de la débil respuesta federal, admitida, incluso ,por los informes internos de FEMA. Y para defenderse, Trump no tuvo contemplaciones. De nada valieron  las lealtades o los amigos. Poco importó que hacerse eco de esa expresión en la que se llamaba “corrupto” al Gobierno local supusiera darle un zarpazo a las principales voces de ese Gobierno en Estados Unidos: Ricardo Rosselló y Jennifer González. A la hora de la verdad, para nada sirvió la defensa constante de la comisionada residente ante las evidentes metidas de pata de Trump. Tampoco que, confrontado por las preguntas del propio Trump, Rosselló no le confrontara y alabara la respuesta federal. “Gobernador, ¿cuando llegamos, hicimos un excelente trabajo?” preguntó Trump a Rosselló el pasado octubre.

“Señor, ustedes respondieron inmediatamente” fue la respuesta del primer ejecutivo local, quien antes ya había dejado claro que “el presidente ha contestado todos nuestros pedidos”. ¿Cómo es que el Gobierno federal tuvo un mal desempeño si el propio gobernador del país le sacó las castañas del fuego?, parecería haberse preguntado Trump.

En definitiva, que las palabras no se las lleva el viento. Lo que dicen u omiten decir los funcionarios públicos, inevitablemente, es una sombra que los persigue. A tomar nota acerca de sobre quién descansan sus lealtades.

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