Campamento de verano

Lea la columna de opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Ya estamos en julio y por lo visto ya mismo comienzan las clases.  ¿En qué momento este verano pasó tan rápido?

Como creo que nos pasa a la mayoría de las madres y padres, el tiempo no nos da o se nos va volando. Hace unos días, muy recientes para mi gusto, todavía llevaba a mi hijo al colegio porque aún intentaba recuperar los días perdidos tras María. Así las cosas, en junio estaba tomando aún clases de semestre regular. Y al día siguiente, comenzó el campamento de verano.

Yo quisiera pensar que mi hijo se ha disfrutado el verano. Después de todo, recuerdo lo importantes que eran para mí. En mi caso, sin embargo, nunca pensaba en campamentos de verano. Como éramos tres hermanas, con dos y cuatro años de diferencia de edad, nos acompañábamos, nos cuidábamos y nos portábamos super bien, con el único objetivo de quedarnos durmiendo, de no representar problema que obstaculizara el objetivo. Después de un año escolar, sólo aspirábamos a dormir.

Una que otra vez estuvimos en campamento de verano, pero nada forzado. Súper relajado y de hecho, a veces sentía que mami nos enviaba para que le dejáramos la nevera cerrada. (El ocio da hambre y en casa éramos tres.) Pero nunca ansiábamos los campamentos. Yo, de hecho, era medio aburrida bajo los estándares actuales, y cuando no estaba durmiendo o comiendo, estaba leyendo o cocinando. Me pasa más o menos lo mismo ahora a los 43, pero en vez de dormir, que ya me va jugando malas pasadas el Morfeo, trabajo o veo Netflix. El resto, leo o cocino. También algo aburrido, según parámetros actuales.

Ya ayer fui a llevar y a buscar a mi hijo al campamento y me dio penita. No estoy segura de que se lo disfruta. Y estoy convencida de que en este estado avanzado de crecimiento que experimenta, prefiere dormir, cosa que observo con total admiración y envidia. El verano le ha pasado por el lado volando. Y en el proceso, se le han quedado los pantalones, se le han achicado las camisas y se le quedaron los tennis. Esta semana lo midieron y lo pesaron y yo lo miré en shock. Ha crecido dos pulgadas en verano y a sus doce años es oficialmente más alto que yo. Yo lo miro y no lo creo. Parece que fue ayer que llegó a mi casa chiquito y chonchi. Ahora es una espiga.

Pero el tipo- dicho en el buen sentido- está cansado. Este año no fue uno regular. Se vivieron muchas cosas por causa de los huracanes, un dato nada menor pero cuyo impacto solemos minimizar cuando se trata de niños.

Este mes tanto su padre como yo trabajamos normal. No hay vacaciones. Yo pensaba buscar un campamento por esa misma razón. Pero voy cambiando de opinión. A él le va a sonar aburrido el plan, que sería estar conmigo pa’rriba y pa’bajo mientras trabajo. Ya lo ha hecho antes y termina cansado y hasta me ha llegado a decir que entiende por qué me ve cansada. Igual con su papá.

A mí me encantaría vivir en un sistema educativo mucho más flexible que el que vivimos, que deje más tiempo para crear, vivir etapas y experimentar. La realidad es que ser menos exigente dentro del que vivimos no es alternativa para mí. Quizás por mi crianza no me nace, no me resulta natural.

No sé. Este mes quizás lo deje dormir.

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