El carrito del gas

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

“Mami, ¿ has escrito alguna vez una columna del ese carrito del gas?” “No, hijo”. “Deberías, mami. Ese carrito es bien gracioso”.

Eso me dijo mi hijo Manu la semana pasada cuando llegué a casa quitándome unos tacos de tres pulgadas, a la vez que me desprendía de las bolsas reutilizables de compra de supermercado que me colgaban de ambos brazos en competencia con la cartera y el bulto de la laptop (que la mayoría de las veces es el mismo).

No quiero generalizar, pero muchas mamás, papás o abuelas, o llámese viabilizar de vidas, como lo llamo yo, somos eso, carritos de gas.

Hasta hace unas semanas yo pensaba que era una expresión bastante universal. En medio de una cena en mi casa, sin embargo, mi esposo —argentino— un día me miró extraño mientras se comía un bocado de ensalada, y no era por la lechuga. “¿Qué es ese carrito del gas?”, me preguntó con ojos a medio cerrar.  “Carrito del gas es un ser humano que va de un lado para el otro sin parar, tarea tras otra, tarea tras otra. Generalmente, a nadie le importa si el carrito del gas paró para almorzar, paró para tomar café, paró para echar gasolina, o paró para ir al baño durante el proceso de hacer lo que sea. Es el carrito del gas. A nadie le importa. Se supone que funcione”, traté de explicarle en medio de un suspiro y de una volteada de ojos.

“Mirá, vos”, me respondió mi esposo, con los ojos espetados en los míos, porque sabía que carrito del gas, además de ser una expresión popular, representaba la más reciente expresión de desahogo de mi cansancio del quehacer diario. Ese cansancio que no es, sin embargo, “apestamiento” del tipo “no puedo más”. No debe confundirse con tal cosa, pero está en una latitud muy cercana. A ver. Me he encontrado en muchísimas ocasiones reclamándole a mi hijo que me siento como un carrito del gas todo el día. Usualmente se lo expreso cuando no recibo a cambio el premio de la madre sacrificada. Mi hijo me mira extraño cada vez que le hablo del bendito carrito del gas.

He aquí una letanía muy cercana al carrito del gas que mi pobre hijo escucha casi todos los días:  “¿Cómo es posible que no hayas traído las libretas del colegio para que yo las chequee? Es lo único que yo te pido diariamente. Yo, que soy el carrito del gas desde que me levanto hasta que me acuesto. Que no tengo otra vida que no sea trabajar y estar pendiente de ti, de que estés bien, e que junto a tu papá estemos todos bien, de que con los perros estemos todos bien, a soportar todas las barbaridades de la calle, de sol a sol, todo el día para arriba y para abajo. Cuando no es Juan, es Pedro, pero siempre es algo. Cuando me acuesto, ya estoy hace rato pidiendo la luz por señas. Me quedo sin ganas a mitad del día… como el carrito del gas”.

Imagínense semejante longa para un niño de 11 años que recién se “acostumbra” a una madre tan quejona y con expresiones heredadas de su madre/abuela, que él pocas veces entiende.

Es obvio que para él la vida diaria es eso, la vida diaria. Que el trabajo que pasamos sus padres es el trabajo que pasan todos los padres. Y que la vida del carrito del gas es la vida que nos toca a todos los responsables de su vida.

A él le da mucha risa que yo use la expresión, porque lo toma literalmente. Piensa que cuando digo “el carrito del gas” y llego al colegio, estoy dejando un verdadero tanque de gas a la entrada del colegio, con un letrero que dice: “Buen día, Porfirio”. Y que cuando lo recojo, su padre o yo, es un literal carrito de gas con cadenas amarradas en el exterior y a la intemperie.

“Bueno. No es taaaan pesado como eso, hijo. No es literalmente una carga de gas en un viejo vagón con letras marcadas semiborradas. Pero sí. La vida de un padre, una madre o un encargado responsable es una carrera diaria de muchos kilómetros: cansona, jodona, extenuante. Al final del día, la posibilidad de tener una medalla siempre es la recompensa. A veces la obtenemos, a veces no. La carrera del carrito del gas siempre vale la pena.

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