Preludio de una tormenta

Lea la columna de opinión Hiram Guadalupe.

Preludio de una tormenta

La situación económica que atravesamos se cristaliza cada vez más en el número de personas desempleadas; los problemas que enfrentan los pequeños y medianos comerciantes para “empatar la pelea” y mantener la operación de sus negocios; el aprieto de los sectores profesionales; y las penurias que le toca vivir a la clase asalariada que sufre una reducción significativa de sus derechos laborales.

Sumémosle a eso los efectos que tendrán las medidas de austeridad que ya sentimos acercarse en áreas de servicios esenciales, como es el caso de la educación universitaria pública, que próximamente enfrentará un recorte de $450 millones de su presupuesto en un periodo de tres años.

Si persisten las estrategias económicas que se cuecen entre el Gobierno y la Junta de Control Fiscal, vamos directo a ensanchar las fronteras de la desigualdad y la pobreza, lo que para amplios sectores del país significará vivir en la angustia y la desesperanza de no ver luz el final del túnel.

Ante esto, sectores diversos de nuestra ciudadanía han comenzado a hacer sentir su voz. Van dejando atrás su indiferencia y se muestran inconformes, molestos y preocupados por que, ante todo, ven cómo les cae encima una crisis para la que no estaban preparados.

De esa manera, poco a poco la calle se torna en un escenario de lucha social. Sin embargo, el eco de las consignas que denuncia los efectos de la austeridad y que clama por la urgencia de un diálogo no parece encontrar la recepción esperada entre los círculos de poder político.

En respuesta, el Estado se ha propuesto recrudecer su dimensión policiaca y muchos de sus regentes ya comienzan a sonar bravucones, jactanciosos y pendencieros. Sobre la mesa está la promesa de actuar con mano dura; acosar a quienes protestan amenazándoles con “disciplinarlos” haciendo uso de su poder con la imposición de “medidas de prevención punitiva”.

Líderes políticos de la mayoría legislativa aseguran, entre otras cosas, que tienen que “proteger el orden”, razón por la que se empeñaron en ir nuevamente sobre una revisión del Código Penal para intensificar aquellas disposiciones que les sirvan para controlar y evitar la protesta pública.

La intención es clara. La iniciativa legislativa busca impedir cualquier manifestación en nuestros centros educativos, entiéndase las escuelas públicas y la Universidad de Puerto Rico. Curiosamente, estos son los escenarios que han comenzado a afectarse por las medidas de austeridad que impulsa el Gobierno. Es allí, justamente, donde se ha encendido la llama de la inconformidad y en la que varios grupos ciudadanos expresan su resistencia.

La nueva ley también condena pegar pasquines sobre las paredes de edificios públicos y privados, hacer grafitis, obstaculizar actividades turísticas y obras de construcción y obstruir la prestación de servicios en centros de salud o cualquier establecimiento donde se ofrezcan servicios gubernamentales al público.

Pero hay más. En nombre de la “sana convivencia”, las nuevas medidas también penalizan el uso de disfraces en la comisión de un delito. Entonces, cualquier persona que, al momento de manifestarse contra el Gobierno, altere su apariencia física con el uso máscaras, maquillajes o caretas, aunque sea una expresión artística-creativa, incurrirá en un delito grave y se expone a una pena de reclusión de tres años.
En síntesis, son medidas que van dirigidas a atacar la libertad de expresión, que atentan contra las libertades básicas de la ciudadanía con el fin de frenar cualquier oposición que surja en respuesta a las políticas de ajuste fiscal que ya han comenzado a sentirse. Lo peor es que estamos poniendo en jaque el equilibrio de nuestra democracia.

Es un juego peligroso para un gobierno que recién comienza su gestión. Y, al parecer, nadie les ha advertido que con la intención de agravar las penas, criminalizar la protesta y ampliar el alcance de la intervención policiaca para atacar las manifestaciones ciudadanas pudieran estar aliñando el preludio de una tormenta a punto de estallar.