La razón convence...

Lea la columna de opinión del secretario de la Gobernación.

La razón convence...

Conversaba recientemente con varias personas junto con las que compartía una de las varias “filas” o líneas de espera que cotidianamente “hacemos” al detenernos para la compra de un bien o servicio en “el camino a casa”. Luego de los acostumbrados “¿qué hay?”, “buenas noches” y el “todo bien” que, según la entonación o enunciación, se convierte en interrogante o aseveración, rompió el hielo uno de los presentes y expresó su preocupación sobre lo que calificó de “la intención” de lo que a su vez cuantificó como “de unos pocos” de “desestabilizar el país”. No puedo precisar si la respuesta de los otros no se hizo esperar como consecuencia de eventos recientes o porque, pasado ya el Clásico Mundial de Pelota, la política retomó su sitial preferente como “deporte” o pasatiempo local; pero inmediatamente el coloquio se dirigió a la importancia que tiene el que todos y todas transmitamos y convirtamos en costumbre el diferir con respeto.

En el tiempo que estuvimos allí se discutió el inmovilismo, la importancia del cambio, percepciones sobre dónde estamos y hacia dónde vamos como pueblo y hasta la cantidad de personas que conocemos que han decidido quedarse en la isla con la confianza y seguridad de que el estado de situación de la isla va a mejorar. Las opiniones y puntos de vista iban y venían de todas partes, a veces al unísono, pero nunca nadie hizo esfuerzos conscientes por elevar el tono de voz en aras de “prevalecer”. Inclusive, expresiones afirmativas como un “sí” seguidas inmediatamente de un “pero” eran suficientes para que entendiéramos que no en todo íbamos a concurrir. Sin embargo, al minuto y medio de haber comenzado a dialogar podíamos todos y todas reconocer que, como hubiera expresado allí mismo don José Celso Barbosa de haber estado entre nosotros, “buscamos el bien de la patria por distintos caminos pero con igual patriotismo”.

Sin importar la percepción que cada cual tuviera de nuestra realidad presente, concurrimos en que siempre hay mecanismos pacíficos y democráticos para alcanzar los ideales o las metas específicas que nos hemos trazado, sean individuales o el objetivo principal de un colectivo. Todos concurrimos en la importancia de participar en la consulta para resolver de una vez y por todas la histórica e indigna situación colonial de Puerto Rico, se enmendara o no la ley habilitadora del plebiscito de conformidad al texto de la carta enviada por el representante del actual secretario de Justica de Estados Unidos. Más aún, confieso que, para sorpresa de algunos de los presentes, se validaba coloquialmente la política pública de respetar la autonomía universitaria y entendían que las diferencias podían resolverse sin necesidad de sufrir las inminentes consecuencias de “mantener cerrada la Universidad”.

Poco a poco y con otro “buenas noches”, “que vaya bien” y “hasta luego” nos fuimos despidiendo tanto quienes formamos parte activa del coloquio como los que se habían limitado a escuchar.
“La razón no grita, ¿verdad, licenciado?”, me dijo uno de estos últimos al despedirse porque ya me correspondía el turno. Gran enseñanza nos dejó don Luis, pensé. Acababa de experimentar y reafirmar fuera de mi oficina, de manera informal y muy natural, la importancia de mantener siempre la apertura al diálogo constructivo, mecanismo y herramienta para redescubrir que es más lo que nos une que lo que nos divide.