Renunciando a la Ley Hippa

Lea la columna de Dennise Y. Pérez.

Renunciando a la Ley Hippa

La Ley HIPPA se creó con un propósito sencillo: proteger la confidencialidad del paciente. Y es una ley federal.

Eso significa que fue necesario que dos Cámaras legislativas de Estados Unidos y un presidente acordaran que eran necesarias unas garantías para el paciente, que van desde proteger su expediente clínico hasta hablar casi murmurando en la oficina del doctor para que no toda la humanidad conozca sus males. Esto, gracias a Dios, también aplica en las farmacias.

Pues cuando esto se convirtió en ley en 1996, yo entendía que era una ley fabulosa, con unas garantías tremendas de respeto al ser humano, al paciente. Porque era de muy mal gusto, por ejemplo, estar en una sala de emergencia con suero y dolor intestinal y que de repente se abriera abruptamente una cortina y alguien sin prudencia dijera a toda boca: “Usted lo que tiene es una obstrucción intestinal”, o “Las hemorroides se tratan con este ungüento”, o “Ese dolor es caquita dura”, por darles ejemplos.

En las oficinas médicas las secretarias empezaron a hablar bajitito y el otro cambio —muy sencillo— era que tenías que llenar un papel, que nadie leía, la colocación de un rotulito que decía que estabas protegido y a veces una línea de color en el piso para establecer la distancia entre un paciente y otro en el mostrador.

Perfecto. Pero esta ley, definitivamente, no fue hecha pensando en Puerto Rico, aunque le aplique.

Les cuento. El puertorriqueño es por naturaleza hablador. Le gusta decirlo todo, compartirlo todo. Y claro, no ayuda que cuando uno va a una oficina médica es tanto lo que uno tiene que esperar, por lo general, que hasta el más tímido de los tímidos termina diciendo algo, comentando sobre el programa de la tele, hablando por celular, algo, lo que sea por evitar que la espera te congele.

Suelo mantenerme bien callada en las salas médicas, leyendo o bien pendiente del celular, y comienzo a mover impaciente los piececitos size seis y medio cuando me interrumpen. No soy antisocial. ¡Soy comunicadora! Pero recientemente descubrí que hay algo casi casi peor que la espera en un consultorio, y es tener que escuchar a todos los que voluntariamente renuncian a la preciada ley de confidencialidad HIPPA.

La gente no renuncia por loca, lo hacen por buenos y confiados, pienso yo. Pero no deja de estar del cará. Hace unos meses tuve prácticamente que hacer un turno de enfermera en espera para que me viera un endocrinólogo, de los pocos que quedan en la isla, previo a una cirugía. La cantidad de cuentos que yo escuché en esa sala no son para escribir una columna, sino para escribir un libro.

Una paciente, en plena sala y a toda boca, hablaba de su condición y cómo se escudaba tras de ella cuando decidía no hablarle a su marido. “Cuando él insiste en lo mismo, yo le digo que tengo la tiroide mala, que no me siento bien”… ¿Que quééé? Yo le dijo eso a mi marido y me mete la pastilla para que me sienta mejor, pero de que lo escucho lo escucho.

El ginecólogo, en el caso de las mujeres, es de las peores experiencias, al menos para mí.  No solo porque va a mi intimidad más intimidad posible, sino porque no me gustan los cuentos en la sala de espera. Detesto los temas, al grado que no entraré en ellos, porque están para mí fuera del libro de conversaciones y tengo miedo de terminar pareciendo la machista que no soy.

Casi 20 años después de aprobada la Ley HIPPA, hay mucha gente que no se ha enterado. Comentan de los gases que tienen, de los gases que tiene su esposo, de las disfuncionalidades de sus hijos, de las enfermedades del vecino, o de una amiga de ellas, a toda boca y en plena sala. Sorry, cada vez que dicen “una amiga mía”, yo digo internamente: “Es ella; no quiere aceptarlo”. Y, claro, todos tienen otro amigo que tiene la solución perfecta.

En las farmacias es igual. Y es triste escuchar al del frente hablar de ampollas y de cosas de variados tamaños y manifestaciones. A veces uno llega bien a la fila y sale enfermo.

La Ley HIPPA es para protegerle. Y le costó trabajo a un montón de gente, congresistas y al mismísimo presidente de Estados Unidos. No se quite usted mismo el escudo. Hable bajito. Nadie quiere enterarse.