Traficantes políticos

Lea la columna de Hiram Guadalupe.

Traficantes políticos

Hay quienes ven su paso por la vida política y el servicio público como una vía para enriquecerse. De esa manera, el trabajo partidista que realizan durante un proceso electoral va ciñendo el camino para buscar nombramientos, agenciarse contratos e intervenir en las decisiones de política pública.

Es lo que vimos hace unos meses con el escándalo de Anaudi Hernández, quien aprovechó su participación como recaudador de la campaña del gobernador Alejandro García Padilla y otros políticos del Partido Popular Democrático para una vez consumado el triunfo electoral pasar factura y ensanchar sus finanzas personales. Lo mismo presenciamos hace unos días con el arresto del alcalde de Gurabo, quien se alega usó su posición política para sobornar a un contratista.

Mas estos no son los únicos rufianes de la política puertorriqueña. Como ellos hay muchos que ocupan posiciones públicas, mientras otros rondan a diario los pasillos del Capitolio inmiscuyéndose en los trabajos legislativos desde la trastienda. Están, además, los que se ufanan de sus relaciones con jefes de agencia para lograr contratos y hay hasta quienes alardean de su cercanía con el poder ejecutivo.

También hay varios truhanes de la política nacional que, con algo de astucia, logran espacios en estaciones de radio como comentaristas para desde allí encargarse de disparar a mansalva contra todo lo que afecte la estabilidad política de sus tutelados, que es lo mismo que proteger sus intereses y contratos. Articulan mensajes sesgados y parcializados con los que intentan confundir la opinión pública. Convierten el comentario de pasillo en la gran noticia; presumen de tener fuentes informativas que le filtran los intríngulis de los líos de los políticos; defienden como mercenarios lo que le conviene a sus bolsillos; y fuerzan la acción legislativa y gubernamental hacia sus intereses porque, al final, recurren al ruido de sus micrófonos para amedrentar a funcionarios electos y designados.

En el grupo de codiciosos también están quienes con porte de hidalguía y aferrados a su título de ex pululan por las agencias públicas vendiéndose, y a muy buen precio, como “expertos” estrategas del oficialismo gubernamental o “peritos” en el juego táctico del tablero político.

Repasemos un instante cómo ha transcurrido este último cuatrienio y faltará tiempo para mencionar a todos los que se arrimaron a los políticos del PPD para engordar sus arcas. Vayamos tras muchas de las legislaciones aprobadas o presentadas en el Capitolio e identifiquemos los nombres ocultos tras la firma del político proponente.

Sin embargo, la existencia de estos ambiciosos rufianes subsistirá mientras hayan políticos de carrera y funcionarios públicos deshonestos que se presten al juego de la compra y venta de influencias.

Empero, quedan algunos funcionarios que guardan distancia de esas prácticas y cumplen su deber apartados de esa ensordecedora jauría de inmundos y míseros políticos. Son los menos, pero existen y han existido, aunque invisibilizados por la impudicia de la mayoría.

La buena noticia es que los electores han comenzado a cambiar su percepción, alzando voces contundentes de repudio a sus prácticas demagógicas.

Prueba de esto está en el resultado electoral de noviembre, en el que quedó manifiesto cierto juicio crítico de la ciudadanía al ejercer un voto de castigo contra quienes obraron contra el interés colectivo y se convirtieron en lacayos del interés de unos pocos.

El triunfo abrumador de José Vargas Vidot al Senado es una muestra contundente del desencanto del país hacia los carreristas políticos y la apuesta a figuras nuevas, descontaminadas del germen del partidismo. Lo mismo ocurrió con el apoyo recibido por los candidatos a la gobernación Manuel Cidre y Alexandra Lúgaro.

Por suerte, desde el patio de los foros de discusión que se vierten en las redes sociales se percibe cómo se levanta una nueva conciencia ciudadana que debate con autonomía y ataca con libertad a esos rufianes que defraudan la confianza del pueblo.

Está por verse cuánta de esa inconformidad virtual se revierte en fuerza política mayor para cambiar radicalmente el rumbo del futuro del país. Lo mejor es que ya hemos comenzado.