A recoger los pedazos

Lea la columna de Julio Rivera Saniel.

Por Julio Rivera Saniel

El discurso pesimista amenaza con sumirnos en el conformismo colectivo. Esa noción de que “la muerte se acerca” y no podemos sino resignarnos a esperarla con dignidad es no solo tóxica, sino peligrosa. Hablo de la muerte económica, claro está. De la falta de liquidez del Gobierno que amenaza con afectar nuestros servicios básicos. Los informes nos llegan a diario. El déficit del país es de miles de millones de dólares. Ya lo advertían los miembros de la Junta de Control Fiscal que, desde la opulencia de un hotel de lujo en Fajardo, nos advertían de la necesidad de hacer recortes. Nuestros sistemas de retiro podrían morir en el año 2018; no hay dinero suficiente para pagar la deuda, la tarjeta de salud y las aportaciones al retiro, y esto y aquello y lo otro. Sin embargo, mientras el Gobierno toca fondo, el discurso derrotista choca de frente con ejemplos puntuales de repunte económico en medio de la crisis. Bolsillos de la economía local que podrían parecer casos anecdóticos, pero que, tal vez, mirados de cerca, nos ofrecen algunos guiños de lo que somos capaces de hacer y podemos hacer para comenzar a reinyectar de vitalidad —y billetes— la rueda económica.

Y, cuando miramos esos ejemplos, un elemento parece ser la constante en esos casos de éxito: quienes lo han conseguido han pensado y actuado de manera distinta.

Uno de los ejemplos más llamativos de reactivación económica a pequeña escala es el caso de la calle Loíza en Santurce. Por años sumida en la depresión y el abandono, este año logrará cerrar con más de una decena de nuevos negocios. Y todos tienen como hilo conductor una oferta creativa, la identificación de las necesidades del público actual (no de aquel de hace dos décadas), la inyección de capital local y la creación de empleos, no desde las megatiendas, sino desde microempresas. Ejemplos como el de La Loíza se levantan, casi bajo la sombra, en distintos puntos del país. Me luce que, si los desempolvamos, podemos tener una guía que nos permite saber cómo levantarnos, comenzando desde abajo. Y para hacerlo es preciso hacer un estudio de tiempo y espacio. Conocernos.

Primero, identificar nuestra demografía. Los datos más recientes del Gobierno confirman que nuestro país envejece. Por primera vez en la historia, el 2016 terminará con más muertes que nacimientos. Y eso anticipa la necesidad de reajustar el país para atender a esa población y sus necesidades. No las del país que creemos tener, sino el que irremediablemente tenemos.

En segundo término, identificar oportunidades. No sirve de mucho intentar levantar el país con premisas del pasado. Anclados en la nostalgia de fórmulas económicas que funcionaron bien, pero que hoy no tendrían espacio ante la realidad de la isla. González Padín y Velasco fueron grandes, un grato recuerdo de lo que fue. Lo que será ha de ser distinto. Industrias creativas, empresas de “conocimiento” y el arte y la cultura como motor económico han sido identificados por más de un estudioso como posibles vías de reinyección económica. También la exportación de productos locales. Esa migración masiva que lacera nuestra demografía puede ser una oportunidad para empresas de productos locales que, desde la isla, podrían aumentar su producción para ser vendida allá donde ahora viven millones de nuestros hermanos.

En fin, que ante el tamaño del reto, no debe haber espacio para el pesimismo. ¿Hay crisis? ¡Claro que la hay! Lo sabemos. Ahora es el momento de recoger los pedazos que quedan y comenzar la reconstrucción.

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