Hacia un nuevo sistema político

Lee la columna de Hiram Guadalupe.

Hacia un nuevo sistema político

Tras el resultado de las elecciones ha quedado evidenciado que asistimos a un nuevo escenario político en el que los ciudadanos comenzaron a usar el poder del voto para romper con viejas estructuras bipartidistas.

Nadie se llame a engaño. Lo ocurrido el pasado martes no es poca cosa. Mientras que el partido que ganó la contienda obtuvo un escaso 41 % del favor del electorado, al tiempo que su principal oponente recibió un duro golpe que se reflejó en la pérdida de escaños legislativos, más de medio millón de electores favorecieron otras alternativas políticas.

Los votos registrados en las candidaturas independientes de Alexandra Lúgaro y Manuel Cidre son, sin dudas, un avance significativo para la conformación de un nuevo tablero político-electoral, uno más autónomo y distanciado de las viejas prácticas de los dos partidos que se han turnado el poder gubernamental por más de medio siglo.

La prueba está contabilizada. Hablamos de 264,419 votos repartidos en dos candidatos a la gobernación que, desafiando los pronósticos de alegados expertos y comentaristas radiales, se enfrentaron al poderío de las maquinarias electorales tradicionales, rechazaron el fondo electoral y se valieron de una campaña publicitaria modesta que utilizó inteligentemente las redes sociales para difundir sus mensajes.

Nadie pone en duda que sus discursos apelaron a un grupo de electores diverso en edad, extracción social y posicionamiento ideológico. Esto confirma que el contorno amorfo de esas candidaturas proyectó, por un lado, el desgaste de los partidos Nuevo Progresista y Popular Democrático y, de otra parte, la inconformidad de los ciudadanos con los viejos estilos de hacer política y las mismas formas de gobernarnos.

A esto hay que sumarle el arrollador triunfo del doctor José Vargas Vidot a un escaño al Senado, junto a las contundentes victorias obtenidas por los candidatos legislativos del Partido Independentista Puertorriqueño, Juan Dalmau y Dennis Márquez. Estas son señas que demarcan la ruta política que va delineando el electorado y que, a pesar de la obstinación de los partidos tradicionales por defender sus viejas estructuras proselitistas, todo apunta a que la ruta está trazada y no hay vuelta atrás.

En este proceso, gana, ante todo, la democracia. Ampliar el espectro electoral es un avance importante para la ordenación de espacios más democráticos, aun cuando conocemos las limitaciones que acarrea el modelo de democracia participativa.

En estas elecciones se ha enviado un mensaje categórico a las estructuras clientelistas de los partidos tradicionales. Asimismo, una buena parte del electorado, harto de las prebendas a las que se deben los políticos y a la manipulación que ejercen los medios de comunicación corporativos, repudió las viejas estrategias de los candidatos de querer siempre lucir bien, sonar simpáticos, acomodaticios y consensuales.

En esta ocasión, los números muestran que en el país hay una fuerza electoral mucho más inteligente y dispuesta al cambio. Ese grupo validó con su voto a los políticos que hablan de frente; a quienes matizan sus discursos de honestidad; a los que no temen decir las cosas como las ven y las sienten, y a quienes no dependen de adornar sus discursos de frases huecas, consignas trilladas ni imágenes retorcidas con aires de familiaridad.

Estas elecciones han sido un golpe a la demagogia partidista y también un rechazo a los grupos de poder que arriban a los partidos para lucrarse.

Pero esto no puede quedarse ahí. El reto que supone esta experiencia política tiene que dirigirse a impulsar un cambio a la ley electoral que contemple, entre otras cosas, la alternativa de la doble vuelta en caso que ningún candidato obtenga más del 50 % de los votos en una primera elección y la oportunidad de ampliar el espectro legislativo considerando la distribución de escaños en proporción a los votos obtenidos.

Se trata de legitimar los esfuerzos políticos y electorales que circulan fuera de los partidos tradicionales. Otorgarle el mérito que les corresponde a las fuerzas emergentes, validar las alianzas entre grupos y disponer de un sistema de representación política más amplio, participativo y democrático.