Renovarse o morir

Lee la columna Julio Rivera Saniel.

Por Julio Rivera Saniel

El tablero de la lucha política electoral ha cambiado. De eso no hay duda. Y los responsables de conseguirlo han sido los candidatos indpendientes a la gobernación Alexandra Lúgaro y Manuel Cidre.

La primera en lanzarse al ruedo fue Lúgaro. Su anuncio fue sorpresivo y provocó de todo: desde admiración y reconocimiento de valentía hasta escepticismo, dudas y augurios de estrepitoso fracaso. “¿A quién se le ocurre?”, preguntaban algunos. “Esa busca algo”, lanzaban los más escépticos. Lo mismo con Cidre, que ya venía coqueteando con la posibilidad de lanzarse al ruedo y, contrario a Lúgaro, ya se había insertado en la discusión pública, primero como empresario exitoso, más tarde como líder del movimiento empresarial-comercial y, eventualmente, como analista político. Para él también llovieron los augurios de fracaso. Eso de querer ser gobernador sin una estructura era una locura. Un intento cargado de ingenuidad. ¿Quién podría contra las maquinarias de los partidos, nuevos o viejos?

Los analistas políticos comenzaron a mirarlos por encima del hombro o simplemente a perderles de vista. Más de un medio no les tomaba en cuenta a la hora de realizar sus coberturas porque, después de todo, estaban acostumbrados a esa cobertura tricolor de siempre, con alguno que otro tono de temporada. Pero hasta ahí. Y, entonces, comentaba con colegas y analistas —algunos de los cuales tomaban los comentarios con ironía— que el movimiento de candidatos independientes tenía futuro. Que sus propuestas —novedosas o continuistas, simplonas o estructuradas, juzgue usted— tenían el potencial de calar hondo en el sentir del elector. Y así ha sido. O, por lo menos, en esa dirección apuntan las encuestas de medios de comunicación o incluso los números internos de los partidos políticos, estén dispuestos a admitirlo públicamente o no.

Esos dos “ingenuos” han logrado redirigir la discusión pública, insertar en la agenda asuntos hasta hoy abandonados por el llamado establishment y, de paso, empujar los discursos de los políticos tradicionales. Todos han dejado a la intemperie sus temores. Hace semanas, el candidato del PNP anunciaba que acogía algunas propuestas presentadas por los candidatos independientes. Y lo reconfirman los discursos de los cierres de campaña del pasado fin de semana, a veces disfrazados del envalentonamiento propio de quien debe lucir como vencedor, aunque el miedo le corroa.

La exgobernadora Sila Calderón en un mensaje grabado lanzaba: “Todos son honorables, pero ninguno tiene la posibilidad de prevalecer”. María de Lourdes Santiago, la candidata del PIP, decía a sus seguidores: “Esos son candidatos a muchachos y muchachas de mandado de la Junta. ¿Qué es eso?”. Rafael Bernabe, del PPT, no se quedó atrás. “No es suficiente con el voto de desahogo a los candidatos independientes. Se necesita estructura”, aseguró. A confesión de partes, relevo de prueba. El domingo resultaba evidente que ese movimiento de candidatos independientes inicialmente subestimado se convertiría en el elemento definitorio del proceso electoral no solo para la candidatura a la gobernación, sino también para el futuro de la inscripción del Partido Independentista y el Partido del Pueblo Trabajador. Y esa realidad requiere la aceptación de los hechos y un análisis de espacio de los movimientos políticos.

Resulta improbable, a horas de las elecciones, que alguno de estos candidatos resulte vencedor al final de la jornada. Pero sí queda claro que han logrado inspirar a un gran sector de la población. Esos votantes cansados del sabor añejo del partidismo tradicional, su récord histórico cargado de una retahíla de desilusiones y la eterna noción de empantanamiento. Es un hecho que ambas figuras aún no logran hacer cosquillas en la base de los partidos que aún son fieles incondicionales. Pero sí comienzan a llevar al redil a ese grupo de ciudadanos desapegados al partidismo clásico y que históricamente definen el resultado electoral. Y si la erosión del partidismo continúa sin que esas estructuras realicen cambios reales a sus discursos, el juego habrá cambiado definitivamente.

Los votantes necesitan candidaturas que aglutinen; sentirse inspirados. Y hace mucho que eso no sucede desde el partidismo. Cada vez va siendo más cuesta arriba exigir un voto ideológico o un voto por fidelidad a estructuras que, para un grupo cada vez más creciente de la ciudadanía, se perciben poco pertinentes, faltas de vida, poco confiables. Hoy al final del día sabremos cuán profundo han calado los discursos de estos candidatos. Alguno desaparecerá en este ciclo. Pero de seguro alguno otro llegará a ocupar su lugar hasta que el partidismo clásico levante las manos y realice cambios reales, renueve ideas y discursos, y convenza a sus estructuras de que esos cambios son no solo deseables, sino necesarios. En ello se les va la vida. Y en el balance, a largo plazo, el único y verdadero ganador será el país.

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