Decisión electoral

Por Hiram Guadalupe

Este martes, miles de electores acudirán a las urnas para seleccionar a los políticos que ocuparán los cargos de dirección en el país, que no es lo mismo que decir que serán los llamados a dirigir el futuro inmediato de nuestra isla.

Con una Junta de Control Fiscal impuesta por el Gobierno estadounidense, que tiene una agenda clara de cuadrar las finanzas públicas a favor del pago que se adeuda a los acreedores, es muy poco el margen de acción, si alguno, que tendrán los nuevos gobernantes isleños.

Sin embargo, todo parece que el dulce sabor de experimentar el poder es el aliciente principal para que quienes gustan de sentirse encumbrados compitan en esta contienda electoral. Basta mirar y escuchar las campañas políticas de la mayoría de los aspirantes a cargos públicos para apreciar la primacía de tonos personalistas, megalómanos y narcisistas.

Y ni hablar de sus propuestas políticas. Por ejemplo, en el caso de los aspirantes a la gobernación por el Partido Nuevo Progresista (PNP) y el Partido Popular Democrático (PPD), las similitudes sobran, lo que advierte que no existen diferencias entre cómo cada cual concibe la realidad social y económica del país y qué rutas proponen para superar la crisis que nos atosiga desde hace una década.

Haga el ejercicio y notará que ambos, líderes del Penepé y Pepedé, están aferrados a las mismas visiones de mundo, maniatados a las mismas concepciones ideológicas de tendencia neoliberal. Eso quiere decir que, gane quien gane, las diferencias serán mínimas porque concurren en contenido, aunque maticen distinciones en las formas.

Además, es difícil creerles a los candidatos del Penepé y Pepedé cuando mercadean sus candidaturas como “noveles” y “esperanzadoras” si al repasar el equipo de legisladores que le acompañan en su papeleta electoral son los mismos funcionarios que han dirigido el país por más de una década y, por tanto, responsables de todas las malas determinaciones de política pública que se han tomado.

Nadie olvida la responsabilidad de los legisladores del PNP en los despidos de empleados públicos tras la aprobación de la Ley 7, ni el despilfarro de fondos que provocó la obsesión de esa administración por construir el gasoducto del norte.

Pero ¿acaso olvidamos que la actual Legislatura del PPD impulsó políticas de privatización para las corporaciones públicas, presentó proyectos de ley para privatizar el Departamento de Educación mediante el concepto de escuelas charters y promovió el desmantelamiento de los sistemas de retiro de empleados públicos?

¿Se nos olvidó el plan de ajuste fiscal y de recuperación económica, que evocaba a la austeridad y al sacrificio de quienes menos recursos y posibilidades económicas tienen? ¿Y el aumento del IVU? ¿Y qué de la Ley de Sostenibilidad Fiscal (Ley 66), que, entre otras cosas, redujo beneficios laborales, paralizó convenios colectivos y congeló la fórmula de ingresos de la Universidad de Puerto Rico?

En aquel entonces, se nos hizo creer que esa receta nos permitiría acceso al mercado de bonos para obtener un préstamo que, a su vez, garantizaría estabilidad fiscal y ayudaría a reducir el déficit. Sin embargo, nada de eso ocurrió.

Quienes impulsaron esas medidas, entre otras más, son los mismos que figuran en la papeleta electoral y que hoy, en su obcecación por el voto de los electores, se presentan en campañas publicitarias llenas de consignas huecas y falsedades.

En torno a ellos también se enfilan los grupos de poder que pretenden conducir la marcha del país desde la trastienda, quienes solo piensan en usufructuar nuestros recursos y las pocas riquezas que nos quedan para repartirlas entre unos pocos.

La pregunta es hasta cuándo lo permitiremos. Por eso, en esta elección, el electorado tiene en sus manos la posibilidad de dar un salto cualitativo, romper con el bipartidismo y comenzar a crear un nuevo escenario político.

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