Recta final

Lea la columna de Hiram Guadalupe.

Por Hiram Guadalupe

Hemos llegado a la recta final. Avanzamos en el último tramo antes del día de las elecciones y es ahora, justamente, cuando todos los candidatos lanzan sus últimos cartuchos en vías de lograr la mayoría de votos en una elección en la que solo se requiere obtener el 50 más uno del aval de electores para cantar victoria.

Así de frágil es la democracia que nos cobija. Basta con que unos pocos acudan a las urnas para decidir quiénes ocuparán las posiciones del poder político que, como ya sabemos, estarán todas y todos subordinados a los designios de una junta de control fiscal federal.

Sin embargo, muchos políticos parecen tan embriagados con la ilusión de ganar, aunque sea una banal migaja de poder, que rehúyen darse por entendidos de lo inoficioso en que se ha convertido gobernar el país en los tiempos de la Junta.

Por eso todavía nos encontramos candidatas y candidatos que recitan sus promesas de campaña en total enajenación del escenario en el cual estamos sometidos. Van por ahí en sus media-tours embelesados, fingiendo simpatías, vanagloriándose de ser quienes mejor conocen el sentir del pueblo, asumiendo protagonismo en la lucha de otros, ofreciendo salvar el sistema de retiro de empleados públicos, diciendo que protegerán el sistema educativo, que defenderán la universidad, que apoyarán al empresario nacional, que son los más amigos de nuestros adultos mayores y qué se yo cuántas promesas vacuas adicionales.

Hablan y hablan obviando que las decisiones de política pública fiscal, que es lo que determinará cuántos recursos tendrá el país, las tomarán los gobernantes que han sido designados por el Congreso y la Casa Blanca. Entonces, ¿a quién quieren engañar?

Nadie puede obviar que, en el escenario en que vivimos, el margen de acción que tendrá un gobernante para dirigir será muy limitado y, en última instancia, aun cuando surjan intentos de persuadir a ese grupo de siete mandatarios con una que otra propuesta, las instrucciones finales llegarán por imposición.

Ese es el contexto al que nos enfrentamos como país, y ante el cual los electores inscritos habremos de decidir qué candidatos elegimos en los próximos comicios para lidiar con esta situación histórica.

Las opciones se reducen si consideramos lo débil de las propuestas que presentan los candidatos, en particular quienes representan los dos partidos que se han jugado el poder en las últimas seis décadas, responsables directos de la crisis actual.

Por ahí los vemos ir y venir, en esta recta final, aferrándose a planteamientos vacíos de contenido y, en el caso del Pepedé, enajenados del problema colonial.

Penepé y Pepedé todavía recurren a una estrategia discursiva con la que pretenden convencer al elector empleando, como en antaño, consignas e imágenes publicitarias en las que aparecen rodeados de niños, viejos, trabajadores y empobrecidos. Zurcen sus campañas con técnicas de la mercadotecnia que son, en su raíz, señas de un populismo light armado de estrategias proselitistas de persuasión política.

Ese populismo barato y anquilosado continúa siendo la receta predilecta a la que recurren los publicistas para pescar votos, siempre subestimando la capacidad del elector. Esa estrategia, además, se utiliza para alimentar el ego de los políticos, quienes borrachos de narcicismo se encandilan con ver su imagen proyectada entre luces de neón en los boletines y carteleras digitales (billboards) de las principales avenidas y expresos del país.

Un populismo liviano, sin esencia, inocuo, como el café descafeinado y los dulces sin azúcar. Solo con escuchar sus discursos, y al ver esos videítos caseros que tanto se han puesto de moda en las redes sociales, sabemos que los representantes de los viejos partidos de siempre carecen de un proyecto capaz de transformar nuestra realidad social y económica.

No hay propuestas innovadoras; no hay visión de país. Son más de lo que ya hemos vivido.

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