Columna de Julio Rivera Saniel: El partidismo se desangra

Estamos ante un juego distinto. A juzgar por las más recientes encuestas y sondeos de opinión, hoy no parece una posibilidad real que los candidatos independientes a la gobernación acumulen al final de la jornada los votos necesarios para ganar la contienda. Pero, gracias a ellos, el presente periodo electoral ha sufrido un fuerte jamaqueón.  Los electores que tradicionalmente gravitan hacia alguno de los partidos políticos históricos han comenzado a poner en duda su lealtad. Pero este panorama ante el que nos encontramos no ha tenido lugar de la noche a la mañana. En gran medida, el descontento que ha dado paso a los números de intención de voto que reflejan las encuestas sobre los candidatos independientes es resultado del hastío y la desilusión creciente con los partidos tradicionales, que poco parecen hacer para reformar sus estructuras.

El PIP, por ejemplo, comenzó hace unos años una espiral descendente que le ha obligado a reinscribirse en más de una ocasión. Y, aunque su liderato ha atribuido su consistente mal desempeño electoral a una suerte de componenda contra el independentismo —algo de eso habrá, sin duda—, una mirada desde fuera permite identificar problemas internos y, como consecuencia, asuntos de discurso y proyección pública que son de hechura propia. El PNP, por su parte, es la colectividad con la base electoral más sólida, aglutinada con una visión uniforme sobre la estadidad como opción de desarrollo para isla. Pero, de igual manera, su récord en esa alternacia en el poder con el PPD ha acumulado una larga lista de sinsabores. Si nos movemos al partido rojo, los pasados cuatro años han sido pesados para su discurso ideológico. A lo anterior habrá que añadir que su imagen de partido impoluto y anticorrupción, al estilo “vergüenza contra dinero”, se ha caído al piso tras el cercanísimo caso federal que tiene como figura central al exrecaudador Anaudi Hernández. En definitiva, los tres partidos históricos tienen grandes áreas grises que deben no solo estar dispuestos a identificar, sino a reformar, para asegurar su estabilidad. Y el PPT, el más joven de los partidos, parece haber sido víctima de sí mismo. Aunque vivió un buen arranque,  ha sufrido problemas internos que, entre otras cosas, le han procurado un estancamiento que no ha permitido que despunte de la manera que algunos anticipaban.
Entonces, llegaron al panorama Alexandra Lúgaro y Cidre con un discurso que ha logrado lo que hace mucho no conseguían los partidos políticos: inspirar y traer esperanza. Y ello ha sido constatado no solo por encuestas o sondeos hechos desde los medios de comunicación. Estén dispuestos a admitirlo o no, los números internos de los partidos políticos históricos —PNP, PPD y PIP— dejan claro que la llegada de Alexandra Lúgaro y Manuel Cidre ha sacudido las fichas del tablero electoral puertorriqueño.

Si tomamos como ciertos los números recientes, ambos candidatos independientes acumulan cerca de un 20 % de la intención de voto de los electores de cara a las elecciones de noviembre, y eso, señores, no es hazaña pequeña, sobre todo si se toma en consideración que ambas campañas han utilizado muchos menos recursos económicos para darse a conocer y han fundamentado sus campañas en plataformas de acceso poco convencionales en el panorama político local. Si sus números son ciertos, alguno de los candidatos de los dos partidos principales por primera vez no superará el 40 % de los votos del electorado. Claro que ese panorama está por verse, y aún es un gran signo de interrogación la certeza de que esos porcientos de intención de voto se traducirán en respaldo el día de las elecciones. Pero una cosa sí queda clara en esta etapa: las profundas raíces del partidismo tradicional comienzan a corroerse y continuarán haciéndolo si los partidos no promueven reformas reales a sus estructuras. De lo contrario, la herida actual, de continuar desatendida, hará que sus pacientes se desangren.