Columna de Hiram Guadalupe: El chillido de las campañas

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

Para meterles mano a los problemas del país y enfrentar los retos del presente y el futuro se requiere algo más que una lista de deseos y promesas. Se necesita un plan de país, una hoja de ruta que nos precise cómo encarar los desafíos económicos, sociales y políticos que nos colocan ante un escenario incierto.

Por desgracia, ese plan específico está ausente del debate político que se conduce de cara a las elecciones de noviembre, siendo reemplazado una vez más por el libreto de las consignas.

En tiempos complejos, como los que vivimos, la ciudadanía debería demandar a sus candidatos a que al menos presenten un proyecto de presupuesto detallado, al chavo, que informe cómo utilizarían los recursos del Estado, dónde pondrían sus énfasis en la distribución de los fondos públicos y qué medidas implantarían para aumentar los ingresos.

Y, lo más importante, cómo conjugarían sus propuestas de distribución presupuestaria y asignación de fondos para atender las necesidades del país ante la imposición de una junta de control fiscal que, como sabemos, está autorizada a tomar la última decisión sobre la acción gubernamental.

Para quienes desean dirigir el país desde La Fortaleza, ese ejercicio sería ideal, puesto que los colocaría frente a un escenario más real que hipotético, y los electores podrían sopesar mejor sus intenciones. Habría menos espacio para el engaño y la demagogia.

Sin embargo, a menos de dos meses de una elección general, tenemos un panorama sombrío. Los candidatos vuelven a recurrir a las viejas estrategias publicitarias de acomodar sus discursos para sonar simpáticos. Todos alegan tener grandes sueños, pero carecen de sustancia y, en muchos casos, de honradez para validar sus argumentos.

Las voces políticas se tornan chillidos molestosos, como los que se sienten al oír un cuchillo raspar una botella de vidrio.

Entonces, las tácticas propagandísticas que se emplean buscan revestir al candidato como un ser misericordioso y solidario. Hacer creer que nadie, nunca antes, se habría preocupado más que él o ella por las comunidades, la educación, la salud, la violencia, la corrupción gubernamental, las pensiones y el desarrollo económico.

Es articular un verbo que suene romántico y coherente en torno a su preocupación por el bienestar colectivo, aunque raye en la cursilería y esté falto de decencia. Por eso escuchar las promesas huecas de los candidatos, muchas de las cuales se presentan en sus programas de gobierno, sin ser más que una lista de deseos poco precisadas, nos desorienta.

Al mismo tiempo, los vemos y escuchamos todos los días con sus voces fanfarronas y su donaire artificioso pavoneándose entre estaciones noticiosas, programas televisivos o videítos difundidos por las redes sociales vendiendo sueños de oropel. En un abrir y cerrar de ojos, nos prometen acabar, solo de salir reelectos, con todos los males sociales y económicos del país.

La intención es clara. Armar discursos para complacer a las gradas, lanzar propuestas pueriles y sin sentido o intentar guiar su quehacer político tras la pesadez de cumplir promesas de campañas. Repiten la misma fórmula que ha desalentado la participación de la ciudadanía en los procesos políticos, la misma que también ha desacreditado a los partidos y sus candidatos.

Mucho ojo con las obstinaciones mediáticas de los políticos y su desgarro de verbo estridente.

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